Llegó a Buenos Aires después de recorrer escenarios de España, Marruecos, México y Cuba. José Razzano fue decisivo en su desembarco tanguero y, con una mezcla de picardía andaluza y aire porteño, Anita Palmero encontró un lugar propio entre las grandes cancionistas de las décadas del 20 y el 30.
Antes de que su voz quedara registrada en discos y películas, Anita Palmero ya había aprendido a moverse entre bambalinas. Su padre era electricista de teatros y ella, desde chica, jugaba a disfrazarse con la ropa de su madre para hacer teatro. Nacida en Ronda, Málaga, en 1902, la vida familiar la llevó luego a Casablanca, donde comenzó a cantar cuplés y canciones populares. Gibraltar, Tánger y otros escenarios fueron preparando el camino.
En 1925 llegó a Buenos Aires después de una gira por México y Cuba. El encuentro con José Razzano resultó determinante: gracias a su intervención debutó en el Tabarís y el tango empezó a ocupar el centro de su carrera. No buscó parecerse a las grandes voces de entonces. Su estilo tenía otra marca: tangos pintorescos, humorísticos, dichos con gracia andaluza y una pronunciación que poco a poco se fue haciendo porteña.
Grabó con Francisco Canaro y también con José Ricardo, guitarrista ligado a Carlos Gardel. Entre sus registros quedaron “Fumando espero”, “Viejo ciego”, “Bigotito” y “Botarate”, el tango que interpretó en Mosaico criollo, de Edmo Cominetti, en 1929, considerado el primer tango cantado en el cine.
Radio Splendid, Radio Prieto, Radio Argentina, el Teatro Cervantes y el cine prolongaron su recorrido. También hubo dramas personales, entre ellos su conflictivo matrimonio con Lalo Harbin, al que dedicó “Burrero seco”. En 1963 se retiró. Murió en Buenos Aires en 1987, después de haber convertido aquella voz llegada de Andalucía en una curiosa y entrañable parte de la historia del tango argentino.

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