Nació en San Juan, conoció temprano las privaciones y aprendió a ganarse la vida cantando. A los dieciséis años entró en la orquesta de Miguel Caló y después llegaron Di Sarli, Laurenz, Francini-Pontier y una larga historia de tangos, amigos y escenarios. El tango fue su oficio, pero también, como él mismo decía, su vida.
El 22 de septiembre de 1924, San Juan vio nacer a Alejandro Washington Alé Podestá. Todavía no sabía que el destino le tenía reservado otro nombre, uno que quedaría para siempre prendido a la historia del tango: Alberto Podestá.
La infancia no fue sencilla. Murió su padre cuando era muy pequeño y hubo que trabajar para ayudar a la familia. Vendió chocolates en un cine y, mientras tanto, cantaba. En la escuela, una maestra lo llevó a la radio y aquel niño que aprendía las letras de Carlos Gardel recibió un apodo que lo acompañaría en sus comienzos: "Gardelito".
En 1939 llegó a Buenos Aires. Tenía apenas dieciséis años cuando Roberto Caló lo escuchó y lo acercó a su hermano Miguel. El 13 de diciembre de aquel año comenzó a cantar en una orquesta que reunía nombres destinados a ser grandes: Francini, Pontier, Maderna, Federico.
Después vendría Carlos Di Sarli, quien además de pulirlo como cantor le dio el nombre artístico definitivo. Pasaron Pedro Laurenz, Francini-Pontier, Julio Sosa, los encuentros con Troilo, las giras por América y cerca de quinientas grabaciones. "Alma de bohemio", "Garúa", "Percal", "Nada", "El milagro" y "Qué falta que me hacés" fueron quedando en una voz que nunca necesitó gritar para hacerse escuchar.
Podestá cantó en los grandes escenarios, volvió una y otra vez a los estudios y, ya octogenario, todavía encontraba motivos para emocionarse. "Estoy en una nube", confesaba entonces.
Murió en Buenos Aires el 9 de diciembre de 2015. Con el se iba el hombre, pero quedó el cantor. Y quedó también aquella frase que acaso resume toda su existencia: "El tango me dio la vida". Porque algunas voces no terminan cuando callan. Siguen sonando.









