jueves, 17 de septiembre de 2026

A 102 años de su nacimiento: JORGE CALDARA, EL FUEYE QUE LE PUSO FUEGO AL TANGO | El Tordo Gotán

 



Nació en el Abasto, creció en La Paternal y llegó a convertirse en una de las figuras más vigorosas de la Generación del Cuarenta. Bandoneonista, director, arreglador y compositor, dejó en el tango una obra que todavía respira.



Jorge Caldara no solamente pasó por el Tango sino que además quedó su nombre, en el género, escrito con las letras doradas con las que se recuerda a los grandes. Nació un 17 de septiembre de 1924, en aquella esquina de Anchorena y Córdoba donde el Abasto tenía todavía olor a barrio, a café y a bandoneón.


El muchacho quiso ser pianista, pero su padre, tanguero hasta los huesos, lo llevó hacia el fueye. A los catorce años ya estaba trabajando profesionalmente. Después vendrían Francisco Lauro, Alberto Pugliese y Emilio Orlando, hasta que en los años cuarenta llegó el encuentro decisivo: Osvaldo Pugliese.


Allí Caldara encontró su lugar. Su bandoneón tenía fuerza conductora, empujaba la fila y le daba nervio a una orquesta que estaba escribiendo una página fundamental del tango. Junto a Osvaldo Ruggiero formó una dupla memorable. Y no sólo tocó: también compuso. “Patético”, “Pastoral”, “Pasional” y “Por pecadora” quedaron ligados para siempre a aquel sonido.


Después se animó al Japón, donde llevó el tango y armó una orquesta con músicos locales. Regresó a Buenos Aires, dirigió sus propios conjuntos, integró las “Estrellas de Buenos Aires” y continuó creando aun cuando el género atravesaba horas difíciles.


El destino le concedió apenas 42 años. Pero alcanzó para dejar una obra que no envejece. Porque cuando Caldara apretaba el fuelle, como escribió Julián Centeya, el bandoneón dejaba de ser una cosa para convertirse en carne y espíritu.


Y eso, en el tango, es quedarse para siempre.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO | Anita Palmero, una andaluza que el tango hizo porteña | El Tordo Gotán

 



Llegó a Buenos Aires después de recorrer escenarios de España, Marruecos, México y Cuba. José Razzano fue decisivo en su desembarco tanguero y, con una mezcla de picardía andaluza y aire porteño, Anita Palmero encontró un lugar propio entre las grandes cancionistas de las décadas del 20 y el 30.



Antes de que su voz quedara registrada en discos y películas, Anita Palmero ya había aprendido a moverse entre bambalinas. Su padre era electricista de teatros y ella, desde chica, jugaba a disfrazarse con la ropa de su madre para hacer teatro. Nacida en Ronda, Málaga, en 1902, la vida familiar la llevó luego a Casablanca, donde comenzó a cantar cuplés y canciones populares. Gibraltar, Tánger y otros escenarios fueron preparando el camino.


En 1925 llegó a Buenos Aires después de una gira por México y Cuba. El encuentro con José Razzano resultó determinante: gracias a su intervención debutó en el Tabarís y el tango empezó a ocupar el centro de su carrera. No buscó parecerse a las grandes voces de entonces. Su estilo tenía otra marca: tangos pintorescos, humorísticos, dichos con gracia andaluza y una pronunciación que poco a poco se fue haciendo porteña.


Grabó con Francisco Canaro y también con José Ricardo, guitarrista ligado a Carlos Gardel. Entre sus registros quedaron “Fumando espero”, “Viejo ciego”, “Bigotito” y “Botarate”, el tango que interpretó en Mosaico criollo, de Edmo Cominetti, en 1929, considerado el primer tango cantado en el cine.


Radio Splendid, Radio Prieto, Radio Argentina, el Teatro Cervantes y el cine prolongaron su recorrido. También hubo dramas personales, entre ellos su conflictivo matrimonio con Lalo Harbin, al que dedicó “Burrero seco”. En 1963 se retiró. Murió en Buenos Aires en 1987, después de haber convertido aquella voz llegada de Andalucía en una curiosa y entrañable parte de la historia del tango argentino.

martes, 15 de septiembre de 2026

UNA TRAYECTORIA ENTRE ESCENARIOS Y CANCIONES | Patricia Ferro Olmedo, una voz que hizo del arte una forma de vida | El Tordo Gotán

 



Cantautora, actriz, compositora, docente y musicoterapeuta, Patricia Ferro Olmedo celebra un nuevo cumpleaños después de una extensa carrera que la llevó del tango al jazz, del teatro a la música latinoamericana y de Buenos Aires a escenarios de Europa.



Su historia con la música comenzó cuando era apenas una niña, integrando agrupaciones corales desde los nueve años. A los diez llegó el primer desafío como solista, nada menos que en el Teatro Coliseo de Buenos Aires.


Desde entonces, su recorrido no conoció fronteras ni etiquetas demasiado estrechas. El tango ocupó un lugar central, pero también hubo jazz, fusión, teatro y música latinoamericana. Compartió escenarios con nombres como Rodolfo Mederos, Divididos, Luis Salinas, Rubén Juárez, Gerardo Gandini y Horacio Ferrer, entre muchos otros.


En 1996 fundó, junto a Sacri Delfino, El Berretín Tango, formación con la que desarrolló una intensa actividad artística y numerosas giras por España, Francia, Inglaterra, Italia y otros destinos. Su primer disco fue presentado en la Academia Nacional del Tango y llegó a ser elegido por La Nación entre los 100 discos más recomendados de la historia del género.


Pero la trayectoria de Ferro Olmedo también se mide en búsquedas. Compositora y letrista, varias de sus obras fueron reconocidas en certámenes nacionales e internacionales. Como docente y musicoterapeuta, encontró además otra manera de trabajar con la voz y con la música.


Actualmente ejerce como coach vocal y nos sigue deleitando con su voz y su belleza que parece vencer al tiempo. En este nuevo cumpleaños, la celebración encuentra una síntesis perfecta: una artista que nunca dejó de buscar nuevas formas de cantar, crear y compartir aquello que la música le enseñó desde niña.

UNA TRAYECTORIA DE MÁS DE TRES DÉCADAS | Luis Filipelli, una voz que hizo del tango una forma de vida | El Tordo Gotán




Desde aquel niño que llegó al Coro del Teatro Colón hasta el cantor que compartió escenarios con Goyeneche, Stampone, Marconi y tantos nombres fundamentales, Luis Filipelli construyó una carrera sostenida en la música, la búsqueda y el respeto por la canción.



Luis Filipelli comenzó a hacerse escuchar cuando todavía era un niño. A los 10 años ingresó al Coro de Niños del Teatro Colón, dirigido por Waldo Schiamarella, y participó en óperas como Caballería Rusticana, I Pagliacci y Carmen. Apenas unos años después, el tango marcaría definitivamente su camino.


En 1973, con 16 años, llegó a Grandes Valores del Tango para participar de La voz tanguera. Ganó por unanimidad y aquel reconocimiento fue el punto de partida de una extensa carrera profesional. Desde 1974 actuó en numerosos escenarios porteños y compartió cartel con figuras como Roberto Goyeneche, Atilio Stampone, Rubén Juárez y Héctor Stamponi.


El vínculo con Goyeneche tendría además un significado especial. Filipelli volvió a cantar junto a su padrino artístico durante sus años en Café Homero, acompañado por el piano de Osvaldo Tarantino. También llegaron otros escenarios, giras y encuentros musicales que ampliaron su recorrido.


Su discografía comenzó en 1980 con Filipelli, acompañado por grandes músicos y bajo el sello Capitol. Dos años después editó Por la costumbre de cantar. Más adelante llegaron Entre vos y yo y Perdonen muchachos... les voy a contar, trabajo que reunió a destacados artistas y fue postulado a los Premios Gardel.


Con los años, también llegaron presentaciones internacionales y actuaciones junto a las principales orquestas de tango del país. Hoy, al celebrar su cumpleaños, Luis Filipelli puede mirar hacia atrás con la certeza de haber construido algo más difícil que una carrera: una identidad propia dentro del tango.

A 101 AÑOS DE SU NACIMIENTO | Alberto Garralda, un bandoneón con memoria propia | El Tordo Gotán

 



Nacido en Rojas, llegó a Buenos Aires con apenas 18 años y terminó formando parte de algunas de las orquestas fundamentales del tango. Fue autor, compositor y director, pero sobre todo un músico de convicciones firmes, capaz de sostener hasta el final una manera personal de entender el género.



Fue de esos músicos que dejan, además, una forma de escuchar y de sentir el género que representaron. Su nombre quedó ligado para siempre a una etapa decisiva del tango, aquella en la que tradición y renovación comenzaron a encontrarse.


Nacido en Rojas el 15 de septiembre de 1925, empezó a estudiar bandoneón a los 11 años. Buenos Aires lo recibió en 1943 y, poco después, llegaron los primeros grandes nombres: Juan Carlos Caviello, Juan Canaro y, fundamentalmente, Alfredo Gobbi. Con este último ocupó un lugar destacado en una orquesta que hizo de la sutileza, la síncopa y el fraseo una verdadera declaración estética.


Garralda no fue un músico de paso. Integró también las formaciones de Mario Demarco, Julio De Caro y Miguel Caló, recorrió Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador, y acompañó a figuras como Alberto Marino, Roberto Rufino, Alberto Podestá y Alberto Morán. Pero su inquietud no terminó en la interpretación.


Como compositor dejó obras como La zapada, Sin vuelta de hoja, Mensaje a la ciudad, Latido de Buenos Aires y Los duendes nocturnos. En sus últimos años siguió escribiendo, tocando y reuniéndose con músicos que reconocían en él a uno de los últimos grandes exponentes de aquella guardia renovadora.


Murió en Buenos Aires el 1 de marzo de 2017, a los 92 años. Se fue un hombre de tango. Quedó su música, pero también algo más difícil de conservar: un sonido propia en medio de tanta música.

A 108 AÑOS DE SU NACIMIENTO | Ángel Domínguez: el bandoneón que dejó su huella entre los grandes | El Tordo Gotán

 




Nació en San Telmo, cuando el tango todavía se respiraba en las calles y los cafés. Fue bandoneonista, director, arreglador y compositor. Tocó junto a nombres fundamentales de la música porteña y condujo orquestas que dejaron registros valiosos. Murió demasiado joven, a los 56 años, y con el tiempo su nombre fue quedando injustamente en silencio.


Aquel 15 de septiembre de 1918 nacía en San Telmo un muchacho que, con apenas catorce años, ya tenía un bandoneón entre las manos y un lugar en una orquesta. Ángel Domínguez no necesitó esperar demasiado para entrar en ese mundo: Antonio Polito fue quien le abrió aquella primera puerta profesional.


Después vendría una sucesión de nombres que parece, todavía hoy, una página entera de la historia del tango. Ángel D'Agostino, Elvino Vardaro, Joaquín Mora y Pedro Laurenz fueron algunos de los directores con los que compartió escenario. Con Laurenz permaneció entre 1940 y 1944, y luego llegó Francini-Pontier, una de las formaciones fundamentales de aquellos años. Allí, junto al pianista Juan José Paz, fue una de las piezas importantes de la orquesta.


Pero Domínguez no fue solamente un hombre de fila. En 1950 comenzó a trabajar con Alberto Mancione y también se ocupó de los arreglos. Poco después pasó por la orquesta de Florindo Sassone y, casi sin proponérselo, terminó frente a su propia formación: Roberto Chanel lo eligió para dirigir el conjunto con el que registró una serie de grabaciones para RCA Victor.


Desde 1955, ya con su nombre al frente, construyó una orquesta de sonido moderno y reunió a instrumentistas de primer nivel. Los discos dejaron títulos propios y ajenos: El monito, Pimienta, Suerte loca, Porque te quiero así. Sus arreglos también fueron parte esencial de aquella identidad.


La radio fue otro de sus territorios. Belgrano, El Mundo y Splendid lo tuvieron trabajando durante años. Desde 1964 dirigió la orquesta estable de Radio Splendid y, en distintos momentos, también fue convocado por figuras como Astor Piazzolla y Osvaldo Pugliese.


Como compositor dejó páginas que otros hicieron perdurar. Como tú, grabado por Aníbal Troilo con Edmundo Rivero y por Francini-Pontier con Raúl Berón; Santa mía, por Francini-Pontier con Alberto Podestá; y Firuletear de bandoneón, registrado por Pedro Laurenz con Juan Carlos Casas.


Murió el 13 de septiembre de 1974, a sólo dos días de cumplir 56 años. Demasiado pronto para alguien que todavía tenía tanto para decir. Quizás por eso hoy resulte necesario volver sobre su nombre: no para rescatar una figura olvidada de un archivo, sino para devolverle su lugar a un músico que estuvo, durante décadas, allí donde el tango escribía sus mejores páginas.


lunes, 14 de septiembre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UN HOMBRE DEL TANGO | Carlos Quilici, un bandoneón que lleva el tango en la sangre | El Tordo Gotán

 



Este 14 de septiembre cumple años Carlos Quilici, bandoneonista, director, compositor y letrista nacido en Arroyo Seco, Santa Fe. Heredero de una profunda tradición tanguera, construyó desde Rosario una trayectoria propia que lo llevó por escenarios argentinos y de Europa y América.



Carlos Quilici nació el 14 de septiembre de 1967 en Arroyo Seco, al sur de Rosario, y desde muy temprano quedó ligado a la música ciudadana. Lleva el tango en la sangre: es hijo de Gerardo Quilici, reconocido difusor rosarino y conductor del legendario programa radial A Todo Tango, y sobrino nieto del recordado violinista Nito Farace.


En 1995 formó su quinteto Los Tauras y, desde 2010, conduce su propia orquesta. Con ambas formaciones desarrolló una intensa actividad artística, con más de treinta giras internacionales, especialmente por Europa y América, además de sus habituales presentaciones en los países nórdicos. También integró la Orquesta Juvenil de la Universidad Nacional de Rosario, dirigida por Domingo Federico, y el Quinteto Camandulaje.


Su obra como compositor es extensa y personal. Entre sus creaciones aparecen Domingueando, Arrabal vikingo, Gauchita sueca, Medio chapita, Cancha barrosa, De nuevo a la pista y Milonguerita candombera, entre muchas otras. También escribió letras y trabajó junto a distintos autores y músicos.


Además de tocar, componer y dirigir, Quilici desarrolla talleres, charlas sobre la evolución instrumental del tango y musicalidad para bailarines. Y suma otro oficio ligado al corazón de nuestra música: afina y repara bandoneones.


En este nuevo cumpleaños, el reconocimiento alcanza a un artista que supo honrar su historia familiar y, al mismo tiempo, construir una voz propia dentro del tango contemporáneo.

A 97 AÑOS DE SU NACIMIENTO | Alfredo Marcucci: el bandoneón que llevó el tango y la música argentina por el mundo | El Tordo Gotán

 



A 97 años de su nacimiento, la figura de Alfredo Marcucci permanece ligada a una historia extraordinaria de música, viajes y memoria. Bandoneonista, arreglador y hombre de escenarios, acompañó a grandes figuras y dejó documentada una parte fundamental de la trayectoria de Los Paraguayos.



El 14 de septiembre de 1929 nacía Alfredo Marcucci, un músico argentino cuya vida quedó marcada desde muy temprano por el bandoneón. Bajo la dirección de su tío Carlos Marcucci, aprendió de oído aquellas melodías que luego llevaría a escenarios de Europa, Asia y América.


Su carrera lo vinculó con orquestas y maestros como Julio de Caro, Carlos Di Sarli, Julián Plaza, Atilio Stampone y Ariel Ramírez. Pero un encuentro fortuito con Luis Alberto del Paraná en Estambul cambiaría definitivamente su destino. En 1962 se incorporó a Los Paraguayos, donde durante catorce años fue arreglador e intérprete de bandoneón, guitarra, bajo y canto.


Marcucci tenía además una singular obsesión: registrar cada detalle de sus viajes. Sus diarios conservaron día por día la ruta de Los Paraguayos, desde Bulgaria hasta Inglaterra, Israel, Turquía, Grecia y tantos otros destinos.


Entre esas páginas quedó también un recuerdo imborrable: el histórico concierto de 1963 en el Reino Unido, donde Los Paraguayos compartieron escenario con Los Beatles y recibieron un diploma firmado por la realeza británica.


Tras regresar a Bélgica, Marcucci se alejó durante años de los escenarios, hasta que la música volvió a llamarlo. En 1997 publicó Timeless Tango (Tangos sin tiempo).


Alfredo Marcucci partió al mundo espiritual el 12 de junio de 2010. Sin embargo, su bandoneón, sus recuerdos y aquellos meticulosos diarios mantienen viva la huella de un artista que hizo de la música un puente entre culturas.

A 108 años de su nacimiento | Víctor Buchino, una vida entera al servicio de la música | El Tordo Gotán

 



Pianista, director, arreglador y compositor, Víctor Buchino atravesó buena parte de la historia artística argentina. Desde el tango y el cine hasta la televisión, el teatro y la Nueva Ola, su trabajo acompañó a grandes intérpretes y dejó una huella silenciosa pero profunda.


Un 14 de septiembre de 1918 nacía en San Miguel de Tucumán Víctor Miguel Buchino, un músico destinado a construir una trayectoria tan extensa como diversa. Pianista, director de orquesta, arreglador y compositor, hizo de la música un oficio permanente y acompañó con talento distintos momentos de la cultura popular argentina.


Su nombre quedó ligado al tango a través de figuras como Edmundo Rivero, con quien grabó entre 1950 y 1953, y Raúl Lavié, a quien acompañó en su debut en Radio El Mundo. También trabajó junto a Tita Merello, tanto en recitales como en el cine, y dirigió a la orquesta estable de Radio Splendid cuando la cantante japonesa Ranko Fujisawa llegó por primera vez a Buenos Aires.


Pero Buchino nunca quedó encerrado en un solo género. Como director musical de RCA Victor, participó desde 1959 en el fenómeno de la Nueva Ola y condujo el programa televisivo Swing, juventud y fantasía. Su talento también llegó al cine, donde musicalizó numerosas películas, desde El seductor hasta La casa del amor, además de participar como pianista en Morir en su ley.


Compuso, entre otros, los tangos Tu fueye brujo, Carmín y Michele, y desarrolló una importante actividad teatral. En 2010 fue reconocido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña.


Víctor Buchino murió en Buenos Aires el 21 de noviembre de 2018, a los 100 años. Quedó, sin embargo, su música: esa presencia muchas veces invisible que acompaña la memoria de una época.

viernes, 11 de septiembre de 2026

CUMPLEAÑOS DEL CANTOR BAHIENSE | MARTÍN DE LEÓN, UNA VOZ QUE HIZO DEL TANGO SU PASAPORTE | El Tordo Gotán

 



Nacido en Bahía Blanca en 1953, Martín De León construyó una trayectoria internacional que lo llevó desde los café-concerts porteños hasta Carnegie Hall, las Naciones Unidas y los grandes escenarios del mundo.



Hay artistas que llevan una canción consigo y otros que convierten la canción en una forma de vida. Martín De León pertenece a los segundos. Este 11 de septiembre celebra un nuevo cumpleaños, evocando una carrera que comenzó en los años 70, en Buenos Aires, de la mano de Miguel Saravia, y compartiendo escenarios con figuras como Opus 4, Cacho Tirao y Vinicius de Moraes.


En 1975 cruzó el continente rumbo a Nueva York. Allí llegaron los primeros grandes escenarios: Town Hall, Carnegie Recital Hall y el Village Gate. Primero fueron Serrat, Cortez y sus propias canciones; después, el tango encontró en su voz un intérprete definitivo.


La elección de Astor Piazzolla para participar en “María de Buenos Aires” marcó un capítulo fundamental. Apadrinado por grandes maestros como Alberto Castillo, Alberto Podestá y Alberto Echagüe, DeLeón llevó el tango por Estados Unidos, Japón, Israel, Canadá, México y distintos países de Iberoamérica.


También compartió escenarios con nombres como Al Di Meola, Tito Puente, Mariano Mores y Rubén Juárez, y encarnó a Carlos Gardel en “El día que me quieras”.


En 2005 integró el elenco estable de “Forever Tango”, llevando por el mundo una música que, con el paso de las décadas, terminó convirtiéndose en su identidad. Hoy, al celebrar un nuevo aniversario de su nacimiento, la historia de Martín DeLeón vuelve a recordarnos que el tango también puede tener raíz bahiense y corazón universal.