jueves, 24 de septiembre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UNA VOZ INCONFUNDIBLE: Amelita Baltar, Folclore, Tango y una vida de puro arte | El Tordo Gotán

 




Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1940. Llegó al tango desde el folklore y, de la mano de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, se convirtió en una intérprete decisiva de una época que cambió para siempre la canción porteña.



Amelita Baltar llegó al tango, desde el Folclore, para inaugurar un estilo de interpretación que perdura hasta hoy. Nacida un 24 de septiembre de 1940, en Buenos Aires, comenzó cantando música criolla y transitó sus primeros escenarios lejos de imaginar que su nombre quedaría ligado para siempre a una de las grandes transformaciones de la música popular argentina.


En 1968, su primer disco como solista le valió el premio revelación en el Festival del Disco de Mar del Plata. Poco después, Astor Piazzolla la escuchó y la convocó para protagonizar “María de Buenos Aires”, la obra que compartió con Horacio Ferrer y que marcó un antes y un después en su carrera.


Desde entonces, aquella voz ronca, sensual y teatral se convirtió en parte esencial del universo piazzolliano. Estrenó más de treinta obras del binomio y puso su sello en páginas que todavía conservan intacta su capacidad de conmover: “Chiquilín de Bachín”, “La bicicleta blanca”, “Los pájaros perdidos” y, por encima de todas, “Balada para un loco”.


Llegaron luego París, Río de Janeiro, América Hispana, Europa y los escenarios más importantes del mundo. También el teatro, el cine y la televisión. Después de su separación artística y sentimental de Piazzolla, siguió construyendo su propio camino, incorporando tanto el tango tradicional como nuevas búsquedas.


Los reconocimientos fueron llegando: Diploma al Mérito Konex en 1995 y Konex de Platino en 2015. Pero quizá el premio mayor haya sido otro: permanecer. Hoy, al cumplir 86 años, Amelita Baltar sigue siendo aquella mujer que entendió que cantar no era solamente entonar una melodía, sino contar una historia con el cuerpo, la voz y el alma.

ANIVERSARIO DE SU NATALICIO: Enzo Valentino, una voz que nació entre carros y madrugadas | El Tordo Gotán

 



El 24 de septiembre de 1919 nacía en Correa, Santa Fe, Enzo Ángel María Cavenenghi, quien adoptó el apellido Valentino y construyó una extensa trayectoria como cantor. Entre payadores, radios, teatros y orquestas, llevó consigo la enseñanza de un padre italiano que cantaba en las madrugadas campesinas.



La voz de la personalidad de esta nota proviene de muy lejos. La de Enzo Valentino nació en Correa, entre carros, caballadas y aquellas madrugadas en las que su padre italiano cantaba mientras el pueblo dormía. Ese recuerdo quedó prendido para siempre en el hombre que, con el tiempo, llegaría a Buenos Aires y haría del canto un modo de vida.


Nacido el 24 de septiembre de 1919, Enzo Valentino descubrió muy temprano la fascinación por la voz. En 1933 escuchó a Carlos Gardel en Cañada de Gómez y años después, ya instalado en Buenos Aires, comenzó a buscar su propio camino. Radio del Pueblo lo presentó primero detrás de un antifaz y lo bautizó “Juan Pueblo”. Más tarde adoptó “Valentino”, apellido de su abuela francesa.


Estudió con Zulema Ibarra, Bonessi y los hermanos Rubistein. La técnica terminó de darle forma a aquella voz natural que llevaba desde la infancia. Compartió escenarios con figuras de su tiempo y fue cantor de la orquesta de Domingo Federico, además de actuar en teatros y locales populares.


Llegaron luego las grabaciones para TK, Radio Belgrano y una extensa etapa como solista. En su repertorio quedaron obras como “Recuerdos de una madre”, “Viejo sillón”, “Gigí” y “El nido vacío”.


Pero acaso su mayor legado haya estado en aquella frase paterna que conservó como una brújula: “Ser valiente es tener dignidad y honor”. Una enseñanza sencilla, nacida en un pequeño pueblo santafesino, que acompañó toda una vida dedicada a cantar.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

A 121 años de su nacimiento: Francisco Fiorentino, la voz que encontró su inmortalidad junto a Pichuco | El Tordo Gotán

 



Nació un 23 de septiembre de 1905, en San Telmo. Fue bandoneonista, estribillista y, finalmente, uno de los grandes cantores de orquesta del tango. Junto a Aníbal Troilo dejó una marca que el tiempo no consiguió borrar.



Había nacido en San Telmo, cuando Buenos Aires todavía olía a barrio, a café y a tango recién estrenado. Francisco Fiorentino llegó al mundo el 23 de septiembre de 1905 y, con los años, terminaría convirtiéndose en una de esas voces que parecen quedar suspendidas en el aire, aun cuando el cantor ya no está.


Primero fue bandoneonista. Su hermano Vicente, violinista, descubrió en él una aptitud musical que Francisco alimentó estudiando con Minotto Di Cicco. Después llegaron las orquestas: Canaro, D’Arienzo, Cobián, Zerrillo, Maffia. En aquellos tiempos era estribillista, apenas una parte de la canción. Pero Fiorentino estaba destinado a otra cosa.


El encuentro con Aníbal Troilo, en 1937, cambió todo. Con Pichuco encontró el marco exacto para que su fraseo porteño, su calidez y esa voz pequeña pero profundamente emotiva alcanzaran otra dimensión. Durante seis años fueron una sociedad artística difícil de separar. De aquella etapa quedaron páginas memorables como “Tinta Roja”, “Barrio de Tango”, “Malena”, “Farol” y “El Cuarteador”.


Después vinieron Piazzolla, Basso, Mancione y otras orquestas. El brillo fue declinando, pero nunca la dignidad del cantor. Murió en Mendoza, el 11 de septiembre de 1955, pocos días antes de cumplir 50 años.


Quedó su voz. Quedó su estilo. Y quedó también aquella definición que parece escrita para él: “Para el verdadero cantor, el triunfo es sólo un complemento”.

martes, 22 de septiembre de 2026

A 102 años de su nacimiento: Alberto Podestá, aquel muchacho que llegó a Buenos Aires con San Juan en sus venas | El Tordo Gotán

 



Nació en San Juan, conoció temprano las privaciones y aprendió a ganarse la vida cantando. A los dieciséis años entró en la orquesta de Miguel Caló y después llegaron Di Sarli, Laurenz, Francini-Pontier y una larga historia de tangos, amigos y escenarios. El tango fue su oficio, pero también, como él mismo decía, su vida.



El 22 de septiembre de 1924, San Juan vio nacer a Alejandro Washington Alé Podestá. Todavía no sabía que el destino le tenía reservado otro nombre, uno que quedaría para siempre prendido a la historia del tango: Alberto Podestá.


La infancia no fue sencilla. Murió su padre cuando era muy pequeño y hubo que trabajar para ayudar a la familia. Vendió chocolates en un cine y, mientras tanto, cantaba. En la escuela, una maestra lo llevó a la radio y aquel niño que aprendía las letras de Carlos Gardel recibió un apodo que lo acompañaría en sus comienzos: "Gardelito".


En 1939 llegó a Buenos Aires. Tenía apenas dieciséis años cuando Roberto Caló lo escuchó y lo acercó a su hermano Miguel. El 13 de diciembre de aquel año comenzó a cantar en una orquesta que reunía nombres destinados a ser grandes: Francini, Pontier, Maderna, Federico.


Después vendría Carlos Di Sarli, quien además de pulirlo como cantor le dio el nombre artístico definitivo. Pasaron Pedro Laurenz, Francini-Pontier, Julio Sosa, los encuentros con Troilo, las giras por América y cerca de quinientas grabaciones. "Alma de bohemio", "Garúa", "Percal", "Nada", "El milagro" y "Qué falta que me hacés" fueron quedando en una voz que nunca necesitó gritar para hacerse escuchar.


Podestá cantó en los grandes escenarios, volvió una y otra vez a los estudios y, ya octogenario, todavía encontraba motivos para emocionarse. "Estoy en una nube", confesaba entonces.


Murió en Buenos Aires el 9 de diciembre de 2015. Con el se iba el hombre, pero quedó el cantor. Y quedó también aquella frase que acaso resume toda su existencia: "El tango me dio la vida". Porque algunas voces no terminan cuando callan. Siguen sonando.


viernes, 18 de septiembre de 2026

A cien años de su nacimiento: Héctor D'Esposito, un bandoneón que quedó sonando en Wilde | El Tordo Gotán

 



Nació en Wilde el 18 de septiembre de 1924 y murió demasiado pronto, cuando apenas contabaa 36 años. Bandoneonista, director y compositor, recorrió clubes, cafés, escenarios porteños y emisoras de radio. Dejó 36 grabaciones y dos composiciones que quedaron ligadas para siempre a su barrio: “Mi viejo Wilde” y “Puentecito de mi barrio”.



Héctor Oscar D'Esposito aprendió a querer el bandoneón cuando todavía era un chico y la música empezaba, muchas veces, en el comedor de una casa, entre familiares y amigos. Primero fue un trío, después un cuarteto y, casi sin darse cuenta, aquella aventura terminó convirtiéndose en su propia orquesta.


Wilde, Avellaneda y Quilmes conocieron sus primeras actuaciones. Después apareció Anselmo Aieta, y con ese empujón llegó el centro porteño: el Nacional, el Marzotto, el Tango Bar, la Confitería Ruca. También la radio, con pasos por Rivadavia, Belgrano, Porteña, Argentina y Del Pueblo.


Su orquesta fue una verdadera estación de paso para cantores como Osvaldo Rico, “Chicharrita”, Osvaldo Rivas, Raúl Alberti, Alberto Carriego, Héctor Landó, Mabel Gamizo, Jorge Ledesma, Roberto Grosso, Raquel Mayo y Alberto Cuello.


El disco también guardó su nombre. Fueron 36 registros para RCA-Victor, Music Hall, Bemol y Ambar. Entre ellos quedaron “Esta noche me emborracho”, “Cuando rondan los recuerdos”, “Andate con la otra”, “Fueron tres años” y “Secreto”, además de los instrumentales “Charamusca” y “El amanecer”.


A fines de los cincuenta comenzó a recorrer el interior. En una gira por Santa Fe, una pequeña herida en una pierna terminó en una infección gravísima. Aquello que parecía insignificante se convirtió en tragedia.


El 28 de marzo de 1961, el bandoneón de D'Esposito dejó de sonar. Contaba 36 años. Demasiado pronto para una carrera que todavía prometía mucho. Pero Wilde conservó sus canciones, y acaso allí, cuando cae la tarde, todavía queda algo de aquel bandoneón que aprendió a hablarle al barrio.

jueves, 17 de septiembre de 2026

A 102 años de su nacimiento: JORGE CALDARA, EL FUEYE QUE LE PUSO FUEGO AL TANGO | El Tordo Gotán

 



Nació en el Abasto, creció en La Paternal y llegó a convertirse en una de las figuras más vigorosas de la Generación del Cuarenta. Bandoneonista, director, arreglador y compositor, dejó en el tango una obra que todavía respira.



Jorge Caldara no solamente pasó por el Tango sino que además quedó su nombre, en el género, escrito con las letras doradas con las que se recuerda a los grandes. Nació un 17 de septiembre de 1924, en aquella esquina de Anchorena y Córdoba donde el Abasto tenía todavía olor a barrio, a café y a bandoneón.


El muchacho quiso ser pianista, pero su padre, tanguero hasta los huesos, lo llevó hacia el fueye. A los catorce años ya estaba trabajando profesionalmente. Después vendrían Francisco Lauro, Alberto Pugliese y Emilio Orlando, hasta que en los años cuarenta llegó el encuentro decisivo: Osvaldo Pugliese.


Allí Caldara encontró su lugar. Su bandoneón tenía fuerza conductora, empujaba la fila y le daba nervio a una orquesta que estaba escribiendo una página fundamental del tango. Junto a Osvaldo Ruggiero formó una dupla memorable. Y no sólo tocó: también compuso. “Patético”, “Pastoral”, “Pasional” y “Por pecadora” quedaron ligados para siempre a aquel sonido.


Después se animó al Japón, donde llevó el tango y armó una orquesta con músicos locales. Regresó a Buenos Aires, dirigió sus propios conjuntos, integró las “Estrellas de Buenos Aires” y continuó creando aun cuando el género atravesaba horas difíciles.


El destino le concedió apenas 42 años. Pero alcanzó para dejar una obra que no envejece. Porque cuando Caldara apretaba el fuelle, como escribió Julián Centeya, el bandoneón dejaba de ser una cosa para convertirse en carne y espíritu.


Y eso, en el tango, es quedarse para siempre.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO | Anita Palmero, una andaluza que el tango hizo porteña | El Tordo Gotán

 



Llegó a Buenos Aires después de recorrer escenarios de España, Marruecos, México y Cuba. José Razzano fue decisivo en su desembarco tanguero y, con una mezcla de picardía andaluza y aire porteño, Anita Palmero encontró un lugar propio entre las grandes cancionistas de las décadas del 20 y el 30.



Antes de que su voz quedara registrada en discos y películas, Anita Palmero ya había aprendido a moverse entre bambalinas. Su padre era electricista de teatros y ella, desde chica, jugaba a disfrazarse con la ropa de su madre para hacer teatro. Nacida en Ronda, Málaga, en 1902, la vida familiar la llevó luego a Casablanca, donde comenzó a cantar cuplés y canciones populares. Gibraltar, Tánger y otros escenarios fueron preparando el camino.


En 1925 llegó a Buenos Aires después de una gira por México y Cuba. El encuentro con José Razzano resultó determinante: gracias a su intervención debutó en el Tabarís y el tango empezó a ocupar el centro de su carrera. No buscó parecerse a las grandes voces de entonces. Su estilo tenía otra marca: tangos pintorescos, humorísticos, dichos con gracia andaluza y una pronunciación que poco a poco se fue haciendo porteña.


Grabó con Francisco Canaro y también con José Ricardo, guitarrista ligado a Carlos Gardel. Entre sus registros quedaron “Fumando espero”, “Viejo ciego”, “Bigotito” y “Botarate”, el tango que interpretó en Mosaico criollo, de Edmo Cominetti, en 1929, considerado el primer tango cantado en el cine.


Radio Splendid, Radio Prieto, Radio Argentina, el Teatro Cervantes y el cine prolongaron su recorrido. También hubo dramas personales, entre ellos su conflictivo matrimonio con Lalo Harbin, al que dedicó “Burrero seco”. En 1963 se retiró. Murió en Buenos Aires en 1987, después de haber convertido aquella voz llegada de Andalucía en una curiosa y entrañable parte de la historia del tango argentino.

martes, 15 de septiembre de 2026

UNA TRAYECTORIA ENTRE ESCENARIOS Y CANCIONES | Patricia Ferro Olmedo, una voz que hizo del arte una forma de vida | El Tordo Gotán

 



Cantautora, actriz, compositora, docente y musicoterapeuta, Patricia Ferro Olmedo celebra un nuevo cumpleaños después de una extensa carrera que la llevó del tango al jazz, del teatro a la música latinoamericana y de Buenos Aires a escenarios de Europa.



Su historia con la música comenzó cuando era apenas una niña, integrando agrupaciones corales desde los nueve años. A los diez llegó el primer desafío como solista, nada menos que en el Teatro Coliseo de Buenos Aires.


Desde entonces, su recorrido no conoció fronteras ni etiquetas demasiado estrechas. El tango ocupó un lugar central, pero también hubo jazz, fusión, teatro y música latinoamericana. Compartió escenarios con nombres como Rodolfo Mederos, Divididos, Luis Salinas, Rubén Juárez, Gerardo Gandini y Horacio Ferrer, entre muchos otros.


En 1996 fundó, junto a Sacri Delfino, El Berretín Tango, formación con la que desarrolló una intensa actividad artística y numerosas giras por España, Francia, Inglaterra, Italia y otros destinos. Su primer disco fue presentado en la Academia Nacional del Tango y llegó a ser elegido por La Nación entre los 100 discos más recomendados de la historia del género.


Pero la trayectoria de Ferro Olmedo también se mide en búsquedas. Compositora y letrista, varias de sus obras fueron reconocidas en certámenes nacionales e internacionales. Como docente y musicoterapeuta, encontró además otra manera de trabajar con la voz y con la música.


Actualmente ejerce como coach vocal y nos sigue deleitando con su voz y su belleza que parece vencer al tiempo. En este nuevo cumpleaños, la celebración encuentra una síntesis perfecta: una artista que nunca dejó de buscar nuevas formas de cantar, crear y compartir aquello que la música le enseñó desde niña.

UNA TRAYECTORIA DE MÁS DE TRES DÉCADAS | Luis Filipelli, una voz que hizo del tango una forma de vida | El Tordo Gotán




Desde aquel niño que llegó al Coro del Teatro Colón hasta el cantor que compartió escenarios con Goyeneche, Stampone, Marconi y tantos nombres fundamentales, Luis Filipelli construyó una carrera sostenida en la música, la búsqueda y el respeto por la canción.



Luis Filipelli comenzó a hacerse escuchar cuando todavía era un niño. A los 10 años ingresó al Coro de Niños del Teatro Colón, dirigido por Waldo Schiamarella, y participó en óperas como Caballería Rusticana, I Pagliacci y Carmen. Apenas unos años después, el tango marcaría definitivamente su camino.


En 1973, con 16 años, llegó a Grandes Valores del Tango para participar de La voz tanguera. Ganó por unanimidad y aquel reconocimiento fue el punto de partida de una extensa carrera profesional. Desde 1974 actuó en numerosos escenarios porteños y compartió cartel con figuras como Roberto Goyeneche, Atilio Stampone, Rubén Juárez y Héctor Stamponi.


El vínculo con Goyeneche tendría además un significado especial. Filipelli volvió a cantar junto a su padrino artístico durante sus años en Café Homero, acompañado por el piano de Osvaldo Tarantino. También llegaron otros escenarios, giras y encuentros musicales que ampliaron su recorrido.


Su discografía comenzó en 1980 con Filipelli, acompañado por grandes músicos y bajo el sello Capitol. Dos años después editó Por la costumbre de cantar. Más adelante llegaron Entre vos y yo y Perdonen muchachos... les voy a contar, trabajo que reunió a destacados artistas y fue postulado a los Premios Gardel.


Con los años, también llegaron presentaciones internacionales y actuaciones junto a las principales orquestas de tango del país. Hoy, al celebrar su cumpleaños, Luis Filipelli puede mirar hacia atrás con la certeza de haber construido algo más difícil que una carrera: una identidad propia dentro del tango.

A 101 AÑOS DE SU NACIMIENTO | Alberto Garralda, un bandoneón con memoria propia | El Tordo Gotán

 



Nacido en Rojas, llegó a Buenos Aires con apenas 18 años y terminó formando parte de algunas de las orquestas fundamentales del tango. Fue autor, compositor y director, pero sobre todo un músico de convicciones firmes, capaz de sostener hasta el final una manera personal de entender el género.



Fue de esos músicos que dejan, además, una forma de escuchar y de sentir el género que representaron. Su nombre quedó ligado para siempre a una etapa decisiva del tango, aquella en la que tradición y renovación comenzaron a encontrarse.


Nacido en Rojas el 15 de septiembre de 1925, empezó a estudiar bandoneón a los 11 años. Buenos Aires lo recibió en 1943 y, poco después, llegaron los primeros grandes nombres: Juan Carlos Caviello, Juan Canaro y, fundamentalmente, Alfredo Gobbi. Con este último ocupó un lugar destacado en una orquesta que hizo de la sutileza, la síncopa y el fraseo una verdadera declaración estética.


Garralda no fue un músico de paso. Integró también las formaciones de Mario Demarco, Julio De Caro y Miguel Caló, recorrió Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador, y acompañó a figuras como Alberto Marino, Roberto Rufino, Alberto Podestá y Alberto Morán. Pero su inquietud no terminó en la interpretación.


Como compositor dejó obras como La zapada, Sin vuelta de hoja, Mensaje a la ciudad, Latido de Buenos Aires y Los duendes nocturnos. En sus últimos años siguió escribiendo, tocando y reuniéndose con músicos que reconocían en él a uno de los últimos grandes exponentes de aquella guardia renovadora.


Murió en Buenos Aires el 1 de marzo de 2017, a los 92 años. Se fue un hombre de tango. Quedó su música, pero también algo más difícil de conservar: un sonido propia en medio de tanta música.