viernes, 16 de octubre de 2026

EL RECUERDO DE UN CREADOR: GERARDO GANDINI, UN MÚSICO APASIONADO EN UN NUEVO ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO | El Tordo Gotán

 



Pianista, compositor y hombre de espíritu inquieto, hizo convivir la música académica con el jazz y el tango. Discípulo de grandes maestros, se encontró en la libertad de la improvisación, aun cuando las partituras parecían señalar otro camino.



Buenos Aires lo vio nacer el 16 de octubre de 1936. Gerardo Gandini eligió el camino de la música con la curiosidad de quien no se resigna a recorrer senderos conocidos. Estudió composición con Alberto Ginastera y Goffredo Petrassi, y piano con maestros de la talla de Pía Sebastiani, Roberto Caamaño e Yvonne Loriod. Su formación fue rigurosa, pero su espíritu jamás aceptó los límites.


Los premios y las becas reconocieron tempranamente sus condiciones. Su obra cruzó escenarios de Europa y América, mientras su tarea docente lo vinculó con instituciones como el Instituto Di Tella, la Juilliard School de Nueva York y el Conservatorio de La Plata. Sin embargo, reducirlo a los títulos académicos sería dejar afuera una parte esencial de su personalidad.


En el jazz encontró el gusto por el riesgo, como lo recuerdan sus contrapuntos con «Mono» Villegas y sus encuentros con Hugo Pierre. En el tango, su paso por el sexteto de Astor Piazzolla dejó una marca singular. Gandini se apartaba de la partitura, exploraba, proponía. Piazzolla comprendía que aquella libertad no traicionaba su música: la enriquecía.


Entre 1996 y 1997, el pianista volvió sobre los tangos tradicionales, esta vez en soledad, experiencia que llevó al disco y al escenario de La Carbonera.


También participó en Música Esperanza, junto con Fito Páez y la Camerata Bariloche, en una iniciativa que buscaba acercar la música a quienes habitualmente no tenían acceso a ella.


Gandini hizo de la creación una búsqueda permanente. En cada nota dejó la huella de un artista que sabía respetar la tradición sin renunciar jamás a la aventura.

ANIVERSARIO DEL NATALICIO DE UN CANTOR OLVIDADO: Alberto Rivas, el recuerdo de un cantor que merece tenerlo presente | El Tordo Gotán

 



Con el tango como destino, compartió escenarios y grabaciones con figuras consagradas, recorrió el país y llevó su voz a los reductos porteños donde la música ciudadana encontraba su mejor refugio.



El tango suele guardar en sus pliegues historias de cantores que, sin haber estado en las grandes marquesinas, supieron ganarse un lugar en la memoria de los aficionados. En Alberto Rivas, nombre artístico de Gervasio Eduardo Argul, aplica este destino.


Su camino lo llevó a integrar la última orquesta del maestro Francisco Rotundo, junto a voces de la talla de Roberto Rufino, Nelly Vázquez, Alfredo Del Río y Carlos Reyes. Un conjunto de intérpretes notables, de esos que hicieron del micrófono una prolongación del sentimiento y de cada canción una pequeña historia de Buenos Aires.


También dejó su sello como vocalista en la formación de José Libertella y Luis Stazo, dos bandoneonistas de excepción. Con ellos registró cuatro temas: «Volvamos a empezar» y «Qué risa», en una cara del disco; «Amor de payaso» y «Como se muere de amor», en la otra. Cuatro títulos que permiten evocar una etapa de su recorrido artístico.


El interior del país conoció su canto a través de innumerables giras. En la televisión, su presencia llegó a programas emblemáticos como «Grandes valores del tango» y «El tango del millón», espacios que mantuvieron viva la llama de la música ciudadana.


Buenos Aires, entretanto, le reservó sus noches y sus escenarios. «La Mochila», «El Boliche de Rotundo» y «Vos Tango» fueron parte de ese itinerario de encuentros, aplausos y melodías compartidas.


Alberto Rivas había nacido un 16 de octubre de 1930. Partió el 12 de julio de 1992, pero su voz permanece ligada a una época en la que el tango encontraba en sus cantores el alma de una ciudad.

miércoles, 14 de octubre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UNA VOZ QUE TRANSITÓ DEL POPULARISMO JUVENIL AL TANGO: CLAUDIA MORES, LA MUCHACHA DE LOS SOMBRERITOS | El Tordo Gotán

 



Nació en Lanús el 14 de octubre de 1950, edificó una carrera entre la canción, el cine, el teatro y la televisión. Ligada a una de las familias fundamentales de la música ciudadana, dejó su sello con una voz personal y una presencia que no pasaba inadvertida.



A los catorce años, cuando la juventud argentina se dejaba llevar por los ritmos de la Nueva Ola, Claudia ya andaba buscando su lugar bajo las luces. Su paso por “Escala Musical” la puso en contacto con aquellas canciones que popularizaba Violeta Rivas. Pero el destino le reservaba otro escenario, otra música y un apellido de peso: Mores.


Su casamiento con Nito Mores, en 1968, la incorporó a una familia donde el tango era oficio, herencia y pasión. Claudia aportó lo suyo. La llamaron “La chica de los sombreritos”, porque acostumbraba arrojar el suyo al público en cada actuación. Y en ese gesto había algo de picardía, de comunicación directa, de artista que sabía cómo ganarse a la platea.


“Frente al mar”, “Adiós”, “Cristal” y “Aquellos secretos” fueron parte de un repertorio que encontró eco en el público. El cine también le abrió sus puertas con películas como “Bicho raro”, junto a Luis Sandrini, y “¡Cómo te extraño...!”, con Leo Dan. En televisión participó en ciclos populares y compartió escenarios teatrales con figuras de primera línea.


La vida, sin embargo, no siempre acompaña los aplausos. La pérdida de su pequeña hija Silvia, en 1971, y la partida de Nito, en 1984, marcaron profundamente su historia. En 1985 buscó nuevos rumbos y se apartó artísticamente del clan.


Claudia Mores, la muchacha de Lanús, cumple años con una trayectoria que pertenece a una época en la que el espectáculo argentino era un constante musical que sabía reunir, en una misma noche, canciones, emociones y talento a granel.


martes, 13 de octubre de 2026

TANGO, RADIO, CINE Y UNA AVENTURA POR EL MUNDO: Juan Carlos Lamas, el recuerdo de aquel cantor de D’Arienzo | El Tordo Gotán

 



Rosarino de nacimiento, dueño de una voz pequeña y expresiva, Rafael Velázquez supo ganarse un lugar en la historia del tango con el seudónimo de Juan Carlos Lamas. Su paso por la orquesta de Juan D’Arienzo fue breve, pero dejó una huella que el tiempo no consiguió borrar.



Septiembre de 1958. En la pantalla del cine Ópera, Narciso Ibáñez Menta protagonizaba «Procesado 1040». Entre los personajes de aquel mundo carcelario aparecía un hombre de aspecto recio. Desde una butaca vecina llegó el comentario que rescataba una historia: «¡Mirá, Lamas, el cantor de Juan D’Arienzo!». Bastaron esas palabras para devolvernos al Buenos Aires tanguero de los años cuarenta.


Había nacido en Rosario el 13 de octubre de 1921 y desde muchacho buscó su destino entre micrófonos y escenarios. Ya en Buenos Aires, bajo el nombre de Carlos Dumas, encontró en el ambiente de la calle Corrientes el camino hacia el encuentro con el maestro de los compases vertiginosos.


En 1942, después de una prueba en Radio El Mundo, se incorporó a la orquesta de D’Arienzo. Compartió cartel con Héctor Mauré y dejó su voz en registros que conservan el perfume de aquella época: «Pompas de jabón», «Vieja recova», «Embrujamiento» y «Aquel muchacho de la orquesta», entre otros. Su ciclo concluyó en diciembre de 1943, tras apenas quince meses de grabaciones.


Pero el horizonte de Lamas no terminaba en el tango. México, Cuba, Puerto Rico, España e Italia jalonaron una aventura artística que lo llevó al teatro y al cine. En «La dolce vita», de Federico Fellini, estrenada en la Argentina en 1960, su aparición fue fugaz, aunque suficiente para incorporarlo a una película inmortal. También apareció en otros títulos, entre ellos «Martín Fierro» y «El santo de la espada».


El 27 de julio de 2004 partió aquel cantor de fraseo porteño y delicada expresión. Hoy, al recordar su nacimiento, vuelve a escucharse la voz de un artista que supo andar por distintos caminos sin perder del todo el compás de su primera pasión.

jueves, 8 de octubre de 2026

ANIVERSARIO DEL NATALICIO DEL COMPOSITOR QUE LE PUSO MÚSICA A LA CALLE: Los Tangos de Rodolfo Sciammarella que muchos silbaban por la calle | El Tordo Gotán

 



Pianista, compositor y letrista, Rodolfo Sciammarella fue un creador de extraordinaria facilidad, capaz de instalar sus canciones en la memoria popular. Sin embargo, el éxito comercial, la publicidad y sus convicciones políticas acaso contribuyeron a relegarlo en ciertos inventarios de la historia tanguera.




Buenos Aires lo vio nacer un 8 de octubre de 1902. En una familia donde la música formaba parte de la vida cotidiana, Rodolfo Aníbal Sciammarella eligió el piano y encontró pronto el camino hacia la radio, el teatro y el disco. En 1926 comenzó su labor profesional y también nació «No te engañes corazón», el tango que Ignacio Corsini estrenó aquel año y que, tiempo después, Carlos Gardel incorporaría a su repertorio.


Gardel le grabó otros títulos, entre ellos «Por qué me das dique», «Che Bartolo», «Dos en uno» y «Vieja recova». No era poca cosa. Sin embargo, Sciammarella quedó muchas veces al margen de las enumeraciones consagratorias, como si la facilidad para componer, el gusto popular y el trabajo publicitario fueran pecados que la posteridad no terminara de perdonarle.


Su música atravesó generaciones y escenarios. Musicalizó unas ochenta películas, además de comedias y revistas teatrales. Libertad Lamarque cantó «Andate» y «Arrepentido»; Charlo difundió «Parece mentira» y el vals «Salud, dinero y amor». Francisco Lomuto, por su parte, llevó al disco numerosos títulos de su autoría.


Hacia 1950, Alberto Castillo convirtió «Por cuatro días locos» en una marcha que el país aprendió de memoria. También quedaron «Hacelo por la vieja» y «Chatita color celeste», entre tantas composiciones nacidas de aquella inspiración inagotable.


Su adhesión al peronismo lo llevó a escribir «Evita capitana». Tras el golpe de 1955, partió al exilio: primero México, después España. Regresó cuando Buenos Aires ya era otra ciudad y el tango había perdido buena parte de su antiguo espacio.


Quienes lo cruzaron por Corrientes o Callao recuerdan su andar activo, su vitalidad intacta. Partió el 24 de junio de 1973, a los setenta años. Quizá su mejor reconocimiento siga estando en aquellas melodías que, pisando fuerte ante los críticos, todavía encuentran unos labios dispuesta a silbarlas.

lunes, 5 de octubre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UNA MUJER CRIADA POR EL ARTE MISMO: Mónica Pelay: Una historia con el Tango en la sangre. | El Tordo Gotán

 



Cantante, compositora y actriz, celebra hoy un nuevo cumpleaños después de más de dos décadas de recorrer una senda propia, donde la canción porteña convive con el teatro, la poesía y los lenguajes de la música contemporánea.



No levanta la voz, puede mirar hacia atrás, a su historia familiar y, al mismo tiempo, avanzar con andar personal. Es la construcción artística que edificó Mónica Pelay, una artista que entendió que respetar al tango no significa dejarlo quieto.


Hay algo de escenarios de sus ancestros incluso cuando canta. Tal vez sea inevitable: el teatro forma parte de su paisaje familiar. Su padre fue el escritor y director Horacio Pelay; su abuelo, Ivo Pelay, que dejó una obra enorme en el teatro musical argentino y puso su firma, entre tantos trabajos, en las letras de "Adiós Pampa Mía" y "La Morocha". Pero la nieta no recibió ese legado para convertirlo en pieza de museo.


Con más de veinte años de trayectoria, Mónica fue construyendo otra conversación con la música ciudadana. Su interpretación se permite respirar, escapar de los moldes y encontrarse con sonoridades brasileñas, contemporáneas y electrónicas. De allí surgieron trabajos como "Sutil", el EP "Mo", "Tango Calle" y, más recientemente, "En Calma".


También está la escena, donde su condición de actriz se vuelve parte del lenguaje. "LaTango" y "Tango Frontera" son pruebas de esa mirada que entiende al género como relato, cuerpo, poesía y memoria.


Hoy, en el día de su cumpleaños, Mónica Pelay celebra  con una certeza: el tango puede conservar su perfume de Buenos Aires y, sin perderlo, seguir descubriendo caminos.

viernes, 2 de octubre de 2026

Tango | A 106 años de su nacimiento: Carlos Saavedra, aquel cantor que soñaba con el año 2000 | El Tordo Gotán

 



Nació en Bragado y desde muchacho se dejó ganar por la bohemia del tango. Pasó por las orquestas de Roberto Zerrillo, Jorge Pino y, fundamentalmente, Rodolfo Biagi. Grabó apenas siete obras, pero dejó en ellas el testimonio de una voz que supo hacerse lugar en una época de grandes cantores.



Carlos Mateo Gardella nació en Bragado un 2 de octubre de 1920. El tango lo encontró temprano, entre carnavales, clubes de pueblo y aquellas orquestas que eran escuela y destino. Allí empezó a cantar Carlitos, antes de convertirse en Carlos Saavedra, el apellido materno que llevaría para siempre.


En 1940, junto a la orquesta de Roberto Zerrillo, llegó a O'Brien y participó de un concurso relámpago para aficionados. La medalla de oro fue suya. Después vino Buenos Aires, Radio Prieto y el nombre de Carlos Braga, acompañado por Enrique De Lorenzo, "El Pibe de Oro". Compartió audiciones con Hugo del Carril y Azucena Maizani, y también pasó por Radio Argentina y el Bar Marzzotto.


Pero fue en 1946 cuando su nombre quedó definitivamente ligado al de Rodolfo Biagi. Con el maestro grabó siete obras: "Mientras duerme la ciudad", "Gracias", "Por eso grito", "Sin palabras", "Esta noche me emborracho", "Margot" y "Por la güeya". Siete registros que hoy son toda su discografía.


Después siguió como cantor nacional, entre bares, confiterías y cantinas. También pasó por Radio El Mundo, Splendid y Uruguay.


El 12 de noviembre de 1972, en Lanús, un accidente cerebrovascular hizo que Carlos Saavedra partiera cuando contaba 52 años. Esa noche esperaba, ilusionado, debutar en un nuevo restaurante.


Su esposa lo recordó años después como aquel muchacho bohemio que no medía la vida en dinero y que, cuando hablaba, siempre miraba hacia adelante. Hablaba del año 2000. No llegó a verlo. Pero su voz, aquella voz de Bragado, todavía conversa con nosotros desde el surco.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UNA CANTORA ARGENTINA: Beatriz Villar, una comprometida con su causa y con la memoria | El Tordo Gotán

 



Nació un 30 de septiembre y desde aquella infancia en la que escuchaba cantar a su madre fue construyendo, casi sin proponérselo, una vida alrededor del tango. Escenarios, radios, teatros, discos y encuentros con grandes nombres de la música popular acompañaron un camino sostenido por la identidad.



La faceta artística de Beatriz Villar nació en su casa, entre los discos de Carlos Gardel que coleccionaba su padre y los tangos que su madre cantaba mientras hacía las tareas domésticas. Antes de los grandes escenarios estuvieron el almacén, la peluquería, la carnicería y aquellos vecinos que, al reconocerla, le pedían una canción.


En la escuela cantó "La morocha" y hasta llegó Canal 13 para filmarla. Más tarde, en la adolescencia, el folklore la llevó por peñas y radios porteñas. Pero fue en 1989, al ganar el concurso para convertirse en vocalista de la Banda Municipal de Lomas de Zamora, cuando el tango tomó definitivamente el centro de su historia.


En su camino también estuvieron los teatros, las radios, "Grandes valores del tango", el concurso "Hugo del Carril" y, en 1994, una escena inolvidable: compartir la Plaza Grigera con Osvaldo Pugliese. También Nelly Omar, su madrina artística, ocupó un lugar entrañable en ese recorrido.


Grabó los discos: "Amigos que yo quiero", "Gardela de Guaminí", "Yo, mujer" y "Volver en guitarra", este último con 24 canciones, nueve de su autoría, dedicadas a los afectos, al barrio y a la memoria.


Hoy Beatriz Villar celebra un nuevo cumpleaños. Y acaso no haya mejor manera de saludarla que recordando aquello que empezó cuando era niña: cantar porque había una canción adentro y porque siempre hubo y hay alguien dispuesto a escucharla.

martes, 29 de septiembre de 2026

A 123 años de su natalicio: César Ginzo, un bandoneón de San Telmo que dejó su huella en el tango | El Tordo Gotán

 


Nació en una cortada de San Telmo y, casi de casualidad, encontró en un bandoneón comprado mientras trabajaba de dactilógrafo el rumbo de una vida consagrada a la música. Integró orquestas fundamentales y recorrió escenarios de Europa y Buenos Aires.




En aquella cortada Luján, en el corazón de San Telmo, nació Justo César Ginzo el 29 de septiembre de 1903. El tango todavía buscaba su destino y aquel muchacho que se ganaba la vida como dactilógrafo de una empresa metalúrgica no imaginaba que un bandoneón iba a cambiarle para siempre el paisaje.


«Compré el primero siendo dactilógrafo... era marca El Argentino y su precio $350. Lo agarré al revés, pero me gustó y lo llevé», recordó muchos años después. No sabía música. Pero tuvo la fortuna de encontrarse con Domingo Julio Vivas, quien le enseñó de oído un puñado de piezas y lo empujó, casi sin proponérselo, hacia los escenarios.


En 1923 debutó en el Café Domínguez. Después llegaron Geroni Flores, Juan Carlos Bazán, Juan Carlos Cobián y aquel primitivo sexteto de Carlos Di Sarli que, aunque no llegó a registrar discos con Ginzo, quedó ligado a una de las historias más lindas de aquellos años: la composición de «Milonguero viejo (Fresedo)».


La década del treinta lo encontró viajando por España, Italia, Francia, las Islas Canarias y ciudades africanas. En Barcelona dejó registros junto a Geroni Flores. De regreso, volvió a asociarse con Armando Baliotti y más tarde condujo sus propias orquestas en radios, hoteles y locales de Buenos Aires.


También compuso. «Corazón callate un poco», «El tábano», «Sin ternura», «Noche de San Juan» y «En un rincón de Hungría» son parte de ese legado, al que sumó páginas folclóricas como «Camino de San Javier».


Ya retirado y radicado en Mar del Plata, César Ginzo partió el 11 de marzo de 1983. Pero el bandoneón que alguna vez tomó al revés había encontrado su camino. Y él, el suyo.

lunes, 28 de septiembre de 2026

A 116 años de su nacimiento, el recuerdo de un pianista de estirpe tanguera: JOSÉ PASCUAL, EL PIANO QUE LE DIO NUEVOS AIRES AL TANGO | El Tordo Gotán

 



Nacido en Tucumán, el 28 de septiembre de 1910, fue uno de los intérpretes que contribuyeron a renovar el lenguaje de la música porteña. Pianista, director, compositor y arreglador, dejó su sello en el tango de avanzada y una obra que todavía resuena en la memoria de los buenos aficionados.



Fue de esos hombres que pasaron por el tango dejando mucho más que unas cuantas páginas musicales. José Pascual fue un temperamental, dueño de una personalidad bien definida y heredero de aquella escuela pianística que tuvo en Francisco De Caro, Osvaldo Pugliese y Armando Federico a sus principales referentes, supo ganarse un lugar entre los destacados cultores del instrumento.


Apenas contaba quince años cuando comenzó su carrera, allá por 1925, en un trío juvenil junto a Alfredo De Franco y Lucas Di Salvo. Después vendrían las orquestas de Eugenio Nobile, Pedro Maffia y José De Caro, hasta desembocar en una experiencia fundamental: el sexteto de Elvino Vardaro, al que acompañó desde su nacimiento, en 1933, hasta 1937.


Allí estuvo, en primera fila, cuando el tango ensayaba nuevos caminos. No fue un simple ejecutante: aportó ideas para los arreglos y participó de aquella concepción renovadora que hizo historia.


Más tarde compartió música con Ciriaco Ortiz, acompañó a Francisco Fiorentino y codirigió un conjunto con Miguel Zabala, «Zabalita».


Pero si de perdurar se trata, allí está «Arrabal», tango de primer orden, anticipador de una nueva manera de sentir la milonga ciudadana. También dejó «Memorial», «Mi ruego», «Acusándote», «Unos pasos» y «Turbión de recuerdos».


El 2 de noviembre de 1978 partió José Pascual. Quedaron sus tangos, su piano y aquella manera de entender una música que nunca dejó de buscar nuevos horizontes.