miércoles, 21 de octubre de 2026

TANGO, MÚSICA Y ENCUENTRO EN BUENOS AIRES: Almagro Tango Show prepara una noche de gala con grandes figuras y voces del género | El Tordo Gotán

 





El sábado 7 de noviembre, el salón Gala de la Ciudad de Buenos Aires será escenario de una propuesta que reunirá a intérpretes, músicos y artistas populares, con una cena show pensada para celebrar la vigencia del tango y el encuentro entre distintas generaciones.



El tango tiene esa virtud de volver a convocar alrededor a cada rato a quienes lo mantienen vivo sobre el escenario y a su público. Con ese espíritu, Almagro Tango Show anuncia una velada especial para el sábado 7 de noviembre, desde las 20:30, en el salón Gala, ubicado en Moreno 3682, sede del Centro Navarro de Buenos Aires.


La cartelera reúne nombres de reconocida trayectoria junto a nuevas voces. Entre las figuras anunciadas aparecen Camila Heredia, Héctor Roldán, Soledad del Valle y Alberto "Tango" Aielo, en una programación que promete música, interpretación y momentos de auténtica celebración tanguera.


La conducción estará a cargo de Omar Colombo, mientras que el aporte de bandoneón y guitarra contará con Cindy Harcha y Bruno Venturía, aportando el marco instrumental que identifica a una tradición profundamente arraigada en la cultura porteña.


La propuesta también incluye una destacada participación artística de Raúl Lacrouts, Eliana Stazo, Naty Fabré, Susy Morán y Martín Reinoso. En el caso de Naty Fabré, su vínculo con el mundo del espectáculo forma parte de una historia familiar: es hija del recordado productor Aldo Fabré, un nombre escrito con letras doradas en la historia cultural argentina.


La organización ofrece una cena show de 45.000 pesos por persona, que incluye entrada, plato principal, postre, café y derecho al espectáculo. Las reservas se realizan a través de los teléfonos 11 5637-7276 y 11 6570-0940.


Una invitación a compartir la mesa, escuchar buenas voces y dejar que el tango vuelva a ocupar el centro de la escena.

MÚSICA, AMISTAD Y REPERTORIO PROPIO: “Canciones con historias”: dos voces, un encuentro y mucho para contar | El Tordo Gotán

 



Vivi Verri y Claudia Levy compartirán escenario el sábado 24 de octubre en La Biblioteca Café, en una propuesta que invita a escuchar de otro modo, descubrir historias detrás de las melodías y disfrutar de un mediodía donde la música será la gran protagonista.



El arte tiene variopintas de formas de convocar y propone un sin fin de relaciones y vínculos que unen a notas musicales con vivencias. Sobre esa relación entre la música y la vida se construye “Canciones con historias”, el espectáculo que reunirá a Vivi Verri y Claudia Levy en La Biblioteca Café, el sábado 24 de octubre, a las 13.


La invitación llega con el entusiasmo de quien prepara algo más que una actuación. El show promete la cercanía que nace de la amistad y anticipa una reunión en la que habrá lugar para compartir canciones, experiencias y momentos especiales. La presencia de Claudia Levy, con sus composiciones propias, le dará al encuentro un sello particular.


El repertorio promete acercar al público a ese universo donde a cada tema se le corre el velo de lo que intenta graficar, más allá de su música. Porque una canción puede ser una confidencia, una pequeña escena cotidiana o una manera de poner en palabras aquello que cuesta explicar.


La cita será en el tradicional espacio de La Biblioteca Café, con una propuesta pensada para disfrutar sin apuros, un melodía, relatos y complicidades. Dos artistas, distintas sensibilidades y una misma pasión por la canción encontrarán allí el marco para estrecharse con el público.


El sábado 24, desde las 13, la música tendrá su mesa servida. Y cada historia, un público dispuesto a regalarse disfrute.

El RECUERDO DE UNA VOZ INOLVIDABLE: Pablo Moreno, 103 años del nacimiento del "tano" más rioplatense | El Tordo Gotán

 



De origen italiano y formación rioplatense, conquistó el respeto de sus colegas con una voz de barítono, matices delicados y una interpretación memorable de «Anoche». Compartió escenarios y amistad con Julio Sosa, aunque el destino no le reservó la consagración popular que merecía.



La historia de Pablo Moreno, cuyo nombre real era Leonardo Blas Papasso, estuvo marcada por el talento, la perseverancia y una particular sensibilidad para decir el tango. Nacido en Cosenza, Italia, el 21 de octubre de 1923, encontró en Montevideo el escenario de sus primeros sueños artísticos.


Desde adolescente trabajó para ganarse la vida y destinó parte de sus ingresos al estudio del canto. A los 16 años ganó un concurso que le abrió las puertas de la radio y de importantes escenarios uruguayos. Su recorrido incluyó las orquestas de Emilio Pellejero, Roberto Luratti, Juan Bauer y Hugo Di Carlo.


En Buenos Aires encontró una oportunidad decisiva junto a Francini-Pontier, formación con la que compartió micrófono y una estrecha amistad con Julio Sosa. El 17 de junio de 1952 grabó «Anoche», de Cátulo Castillo y Armando Pontier, una interpretación que quedó entre las más recordadas de su carrera.


Su voz suave, varonil y expresiva despertó admiración entre músicos y cantores. Atilio Stampone lo definió como un excelente artista y lamentó que no alcanzara una popularidad acorde con sus condiciones.


También dejó su marca junto a Stampone y Aquiles Aguilar, antes de que las dificultades laborales lo llevaran a recorrer otros rumbos. En 1965 se alejó del canto profesional y se dedicó a la gastronomía en Uruguay.


El 4 de septiembre de 1980, víctima de un cáncer de pulmón, partió en Montevideo, próximo a cumplir 57 años. El recuerdo de su trayectoria conserva el eco de una voz sin el reconocimiento merecido.

A 114 AÑOS DE SU NACIMIENTO: Lalo Scalise, un pianista con la bohemia porteña en cada tecla | El Tordo Gotán

 



Pianista, director y compositor, Eduardo Scalise Regard hizo de la sensibilidad y la destreza sus marcas personales. Compartió escenarios con grandes figuras del tango, recorrió Europa junto a Tania y Enrique Santos Discépolo y dejó una huella que todavía resuena en la memoria del género.



El piano fue para Lalo Scalise mucho más que un instrumento: fue el territorio donde la precocidad se convirtió en oficio y la amistad, en música. Nacido en Buenos Aires el 21 de octubre de 1912, recibió del bandoneonista Vicente Demarco un apodo que definía su talento: «el poeta del piano».


A los once años ya había compuesto «Rosa de fuego», y poco después tocaba con una pequeña orquesta infantil en cafés del barrio. Su juventud no le impidió abrirse camino entre los grandes. En 1930 se incorporó a la orquesta de Pedro Maffia, con quien permaneció hasta 1933, alternando escenarios y grabaciones. Su interpretación de «Loca bohemia», de Francisco De Caro, revelaba una sensibilidad inusitada.


Su recorrido también lo llevó junto a Tania y Enrique Santos Discépolo por Marruecos, España, Portugal y París. Con «Discepolín» cultivó una amistad entrañable: como el poeta tenía dificultades para escribir música en el pentagrama, Scalise transcribió numerosas de sus creaciones. Entre bromas, recordaba aquellas tardes en las que la compañía de su amigo parecía importar mucho más que el trabajo.


También dejó su sello junto a Osvaldo Fresedo, con quien desarrolló adornos pianísticos y un canto a dos octavas que influyeron en otras orquestas. «Buscándote», «Firulete» y «Déjame soñar» figuran entre sus composiciones más recordadas.


Al frente de la editorial musical EMBA y siempre ligado al tango, emprendió una gira por Sudamérica que lo llevó a Venezuela. En Caracas partió el 10 de abril de 1972, sin haber cumplido los sesenta años. Se iba un virtuoso pero sus partituras, sus innovaciones y aquella manera de convertir cada nota en una pequeña historia quedaron para siempre.


Aniversario del natalicio de un cantor criollo: Alberto Acuña, a 130 de su nacimiento | El Tordo Gotán

 



Desde los centros criollos hasta los escenarios porteños, construyó una trayectoria entre guitarras, dúos memorables y composiciones que encontraron en las voces de Carlos Gardel e Ignacio Corsini intérpretes de excepción.




Llegó a esta vida en Lomas de Zamora el 21 de octubre de 1896. Alberto Hilarión Acuña encontró en el canto una vocación temprana, alimentada en los centros criollos de La Plata y en los círculos de arte nativo de Buenos Aires y Avellaneda. Cantor, guitarrista, letrista y compositor, fue parte de una época en la que la música popular encontraba en la radio, los discos y los teatros nuevos caminos para llegar al público.


Hacia 1924 formó con René Ruiz el dúo Ruiz-Acuña, celebrado por la crítica y convertido en figura de los discos Nacional Odeon, las emisoras y la cadena de cines Max Glücksmann. Con el acompañamiento de Ismael Gómez y Guillermo Daviz, recorrió escenarios porteños y del interior, en una sociedad artística que dejó huella en el cancionero nacional.


Su obra alcanzó un vínculo singular con Carlos Gardel, quien grabó seis composiciones suyas, entre ellas «La choyana», «Del infierno adelante» y «Colorao colorao». Sin embargo, Acuña aclaró en una nota de 1965 que el trato con el cantor había sido escaso y fundamentalmente comercial. La anécdota revela una época en la que las canciones podían trascender a sus autores y encontrar destino en voces extraordinarias.


También Ignacio Corsini llevó al disco sus valsecitos «Temblando» y «Noche de tormenta». Tangos, zambas, milongas y estilos completaron un repertorio fecundo, construido junto a poetas y músicos de su tiempo.


Una reseña de 1929 llegó a colocar al dúo Ruiz-Acuña casi a la altura del legendario Gardel-Razzano. Alberto Acuña partió el 6 de diciembre de 1975, pero su nombre permanece ligado a la tradición criolla.

lunes, 19 de octubre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UN HOMBRE DE TANGO: Carlos Paiva, una voz que sigue vigente y ya es leyenda viva | El Tordo Gotán

 



El cantor porteño, que comenzó su camino siendo adolescente, alcanzó la popularidad con «Taxi mío», tango ligado para siempre a la historia de «Rolando Rivas, taxista». Una trayectoria de escenarios, grabaciones y vocación intacta.



El tango no regala caminos fáciles. Hay que andar, aprender a templar la voz y encontrar ese modo de decir que convierta una letra en confidencia. Carlos Paiva, cuyo nombre real es Carlos Sosa, empezó a recorrer esa senda cuando apenas contaba 14 años, junto a la orquesta de Ricardo Pedevilla. Luego pasó por la formación de Enrique Alessio, sumando oficio y experiencia.


El año 1961 le reservaba una circunstancia decisiva. Al incorporarse a la orquesta de Joaquín Do Reyes, recibió el nombre artístico de Carlos Paiva, identidad con la que escribiría las páginas más reconocidas de su carrera.


Dos años después se lanzó como solista, con una orquesta dirigida por el violinista Aquiles Aguilar. RCA-Víctor registró su voz en distintas grabaciones, acompañado por Baffa-Berlingieri y Ángel Gatti.


Pero fue «Taxi mío» el tango que le abrió las puertas de la popularidad masiva, al convertirse en fondo musical de «Rolando Rivas, taxista», la recordada novela de Alberto Migré. En 1967, su labor fue distinguida como revelación del Festival del Tango de La Falda.


Radio, televisión, giras por el país y Centroamérica, fotonovelas, teatro y actuaciones junto a Alfredo De Angelis ampliaron su recorrido. Compartió caminos con cantores como Jorge Valdez, Juan Carlos Godoy y Roberto Mancini.


También dedicó tiempo a la actividad gremial y autoral: fue secretario de actas del Sindicato de Variedades, socio fundador de la Asociación Argentina de Cantores y miembro de SADAIC.


Hoy, Carlos Paiva sigue subiendo a los escenarios. Porque hay amores que no conocen despedidas: el suyo, como el tango, todavía pide otra vuelta.

viernes, 16 de octubre de 2026

EL RECUERDO DE UN CREADOR: GERARDO GANDINI, UN MÚSICO APASIONADO EN UN NUEVO ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO | El Tordo Gotán

 



Pianista, compositor y hombre de espíritu inquieto, hizo convivir la música académica con el jazz y el tango. Discípulo de grandes maestros, se encontró en la libertad de la improvisación, aun cuando las partituras parecían señalar otro camino.



Buenos Aires lo vio nacer el 16 de octubre de 1936. Gerardo Gandini eligió el camino de la música con la curiosidad de quien no se resigna a recorrer senderos conocidos. Estudió composición con Alberto Ginastera y Goffredo Petrassi, y piano con maestros de la talla de Pía Sebastiani, Roberto Caamaño e Yvonne Loriod. Su formación fue rigurosa, pero su espíritu jamás aceptó los límites.


Los premios y las becas reconocieron tempranamente sus condiciones. Su obra cruzó escenarios de Europa y América, mientras su tarea docente lo vinculó con instituciones como el Instituto Di Tella, la Juilliard School de Nueva York y el Conservatorio de La Plata. Sin embargo, reducirlo a los títulos académicos sería dejar afuera una parte esencial de su personalidad.


En el jazz encontró el gusto por el riesgo, como lo recuerdan sus contrapuntos con «Mono» Villegas y sus encuentros con Hugo Pierre. En el tango, su paso por el sexteto de Astor Piazzolla dejó una marca singular. Gandini se apartaba de la partitura, exploraba, proponía. Piazzolla comprendía que aquella libertad no traicionaba su música: la enriquecía.


Entre 1996 y 1997, el pianista volvió sobre los tangos tradicionales, esta vez en soledad, experiencia que llevó al disco y al escenario de La Carbonera.


También participó en Música Esperanza, junto con Fito Páez y la Camerata Bariloche, en una iniciativa que buscaba acercar la música a quienes habitualmente no tenían acceso a ella.


Gandini hizo de la creación una búsqueda permanente. En cada nota dejó la huella de un artista que sabía respetar la tradición sin renunciar jamás a la aventura.

ANIVERSARIO DEL NATALICIO DE UN CANTOR OLVIDADO: Alberto Rivas, el recuerdo de un cantor que merece tenerlo presente | El Tordo Gotán

 



Con el tango como destino, compartió escenarios y grabaciones con figuras consagradas, recorrió el país y llevó su voz a los reductos porteños donde la música ciudadana encontraba su mejor refugio.



El tango suele guardar en sus pliegues historias de cantores que, sin haber estado en las grandes marquesinas, supieron ganarse un lugar en la memoria de los aficionados. En Alberto Rivas, nombre artístico de Gervasio Eduardo Argul, aplica este destino.


Su camino lo llevó a integrar la última orquesta del maestro Francisco Rotundo, junto a voces de la talla de Roberto Rufino, Nelly Vázquez, Alfredo Del Río y Carlos Reyes. Un conjunto de intérpretes notables, de esos que hicieron del micrófono una prolongación del sentimiento y de cada canción una pequeña historia de Buenos Aires.


También dejó su sello como vocalista en la formación de José Libertella y Luis Stazo, dos bandoneonistas de excepción. Con ellos registró cuatro temas: «Volvamos a empezar» y «Qué risa», en una cara del disco; «Amor de payaso» y «Como se muere de amor», en la otra. Cuatro títulos que permiten evocar una etapa de su recorrido artístico.


El interior del país conoció su canto a través de innumerables giras. En la televisión, su presencia llegó a programas emblemáticos como «Grandes valores del tango» y «El tango del millón», espacios que mantuvieron viva la llama de la música ciudadana.


Buenos Aires, entretanto, le reservó sus noches y sus escenarios. «La Mochila», «El Boliche de Rotundo» y «Vos Tango» fueron parte de ese itinerario de encuentros, aplausos y melodías compartidas.


Alberto Rivas había nacido un 16 de octubre de 1930. Partió el 12 de julio de 1992, pero su voz permanece ligada a una época en la que el tango encontraba en sus cantores el alma de una ciudad.

miércoles, 14 de octubre de 2026

CUMPLEAÑOS DE UNA VOZ QUE TRANSITÓ DEL POPULARISMO JUVENIL AL TANGO: CLAUDIA MORES, LA MUCHACHA DE LOS SOMBRERITOS | El Tordo Gotán

 



Nació en Lanús el 14 de octubre de 1950, edificó una carrera entre la canción, el cine, el teatro y la televisión. Ligada a una de las familias fundamentales de la música ciudadana, dejó su sello con una voz personal y una presencia que no pasaba inadvertida.



A los catorce años, cuando la juventud argentina se dejaba llevar por los ritmos de la Nueva Ola, Claudia ya andaba buscando su lugar bajo las luces. Su paso por “Escala Musical” la puso en contacto con aquellas canciones que popularizaba Violeta Rivas. Pero el destino le reservaba otro escenario, otra música y un apellido de peso: Mores.


Su casamiento con Nito Mores, en 1968, la incorporó a una familia donde el tango era oficio, herencia y pasión. Claudia aportó lo suyo. La llamaron “La chica de los sombreritos”, porque acostumbraba arrojar el suyo al público en cada actuación. Y en ese gesto había algo de picardía, de comunicación directa, de artista que sabía cómo ganarse a la platea.


“Frente al mar”, “Adiós”, “Cristal” y “Aquellos secretos” fueron parte de un repertorio que encontró eco en el público. El cine también le abrió sus puertas con películas como “Bicho raro”, junto a Luis Sandrini, y “¡Cómo te extraño...!”, con Leo Dan. En televisión participó en ciclos populares y compartió escenarios teatrales con figuras de primera línea.


La vida, sin embargo, no siempre acompaña los aplausos. La pérdida de su pequeña hija Silvia, en 1971, y la partida de Nito, en 1984, marcaron profundamente su historia. En 1985 buscó nuevos rumbos y se apartó artísticamente del clan.


Claudia Mores, la muchacha de Lanús, cumple años con una trayectoria que pertenece a una época en la que el espectáculo argentino era un constante musical que sabía reunir, en una misma noche, canciones, emociones y talento a granel.


martes, 13 de octubre de 2026

TANGO, RADIO, CINE Y UNA AVENTURA POR EL MUNDO: Juan Carlos Lamas, el recuerdo de aquel cantor de D’Arienzo | El Tordo Gotán

 



Rosarino de nacimiento, dueño de una voz pequeña y expresiva, Rafael Velázquez supo ganarse un lugar en la historia del tango con el seudónimo de Juan Carlos Lamas. Su paso por la orquesta de Juan D’Arienzo fue breve, pero dejó una huella que el tiempo no consiguió borrar.



Septiembre de 1958. En la pantalla del cine Ópera, Narciso Ibáñez Menta protagonizaba «Procesado 1040». Entre los personajes de aquel mundo carcelario aparecía un hombre de aspecto recio. Desde una butaca vecina llegó el comentario que rescataba una historia: «¡Mirá, Lamas, el cantor de Juan D’Arienzo!». Bastaron esas palabras para devolvernos al Buenos Aires tanguero de los años cuarenta.


Había nacido en Rosario el 13 de octubre de 1921 y desde muchacho buscó su destino entre micrófonos y escenarios. Ya en Buenos Aires, bajo el nombre de Carlos Dumas, encontró en el ambiente de la calle Corrientes el camino hacia el encuentro con el maestro de los compases vertiginosos.


En 1942, después de una prueba en Radio El Mundo, se incorporó a la orquesta de D’Arienzo. Compartió cartel con Héctor Mauré y dejó su voz en registros que conservan el perfume de aquella época: «Pompas de jabón», «Vieja recova», «Embrujamiento» y «Aquel muchacho de la orquesta», entre otros. Su ciclo concluyó en diciembre de 1943, tras apenas quince meses de grabaciones.


Pero el horizonte de Lamas no terminaba en el tango. México, Cuba, Puerto Rico, España e Italia jalonaron una aventura artística que lo llevó al teatro y al cine. En «La dolce vita», de Federico Fellini, estrenada en la Argentina en 1960, su aparición fue fugaz, aunque suficiente para incorporarlo a una película inmortal. También apareció en otros títulos, entre ellos «Martín Fierro» y «El santo de la espada».


El 27 de julio de 2004 partió aquel cantor de fraseo porteño y delicada expresión. Hoy, al recordar su nacimiento, vuelve a escucharse la voz de un artista que supo andar por distintos caminos sin perder del todo el compás de su primera pasión.