Nacido en Montevideo el 6 de noviembre de 1912, el músico uruguayo dejó una huella profunda en el tango. Virtuoso, compositor y director, su historia estuvo ligada a las grandes orquestas y a un instrumento que lo acompañó desde la infancia hasta sus últimos días.
El primer bandoneón llegó a sus manos cuando contaba apenas ocho años. Era el instrumento de su padre, que tocaba de oído, y pronto se convirtió en una pasión irrefrenable. En Villa Domínico, entre las películas mudas y los bailes de barrio, Federico Scorticati comenzó a darle forma a una misión que lo llevaría a compartir escenarios y estudios de grabación con figuras esenciales del tango.
Roberto Firpo fue uno de sus primeros maestros en el oficio orquestal. A los dieciséis años ya ocupaba el puesto de primer bandoneón junto a Cayetano Puglisi. Su recorrido incluyó las formaciones de Francisco Canaro y Carlos Di Sarli, además de la dirección de la Orquesta Típica Victor, entre 1936 y 1941.
Pero detrás de aquel ejecutante de técnica admirable había un hombre reservado, poco amigo de las imposiciones. Prefería el fueye a las obligaciones de dirigir. Oscar Zucchi destacó su expresividad, la precisión de sus dedos y ese sonido inconfundible capaz de pasar de la brillantez a la intimidad.
Como compositor dejó páginas memorables: «Bandoneón de mis amores», «Tango milonguero», «Alma» y «Bendición», entre otras. En sus últimos años, radicado en Mar del Plata, siguió abrazado al tango con Los Notables del Tango.
Federico Agustín Scorticati partió el 2 de julio de 1998, en Buenos Aires. Su bandoneón, gastado por el tiempo y la música, todavía parece guardar el eco de su virtuosismo que parece dificil de asemejar.









