Nació en el Abasto, creció en La Paternal y llegó a convertirse en una de las figuras más vigorosas de la Generación del Cuarenta. Bandoneonista, director, arreglador y compositor, dejó en el tango una obra que todavía respira.
Jorge Caldara no solamente pasó por el Tango sino que además quedó su nombre, en el género, escrito con las letras doradas con las que se recuerda a los grandes. Nació un 17 de septiembre de 1924, en aquella esquina de Anchorena y Córdoba donde el Abasto tenía todavía olor a barrio, a café y a bandoneón.
El muchacho quiso ser pianista, pero su padre, tanguero hasta los huesos, lo llevó hacia el fueye. A los catorce años ya estaba trabajando profesionalmente. Después vendrían Francisco Lauro, Alberto Pugliese y Emilio Orlando, hasta que en los años cuarenta llegó el encuentro decisivo: Osvaldo Pugliese.
Allí Caldara encontró su lugar. Su bandoneón tenía fuerza conductora, empujaba la fila y le daba nervio a una orquesta que estaba escribiendo una página fundamental del tango. Junto a Osvaldo Ruggiero formó una dupla memorable. Y no sólo tocó: también compuso. “Patético”, “Pastoral”, “Pasional” y “Por pecadora” quedaron ligados para siempre a aquel sonido.
Después se animó al Japón, donde llevó el tango y armó una orquesta con músicos locales. Regresó a Buenos Aires, dirigió sus propios conjuntos, integró las “Estrellas de Buenos Aires” y continuó creando aun cuando el género atravesaba horas difíciles.
El destino le concedió apenas 42 años. Pero alcanzó para dejar una obra que no envejece. Porque cuando Caldara apretaba el fuelle, como escribió Julián Centeya, el bandoneón dejaba de ser una cosa para convertirse en carne y espíritu.
Y eso, en el tango, es quedarse para siempre.









