Nació en una cortada de San Telmo y, casi de casualidad, encontró en un bandoneón comprado mientras trabajaba de dactilógrafo el rumbo de una vida consagrada a la música. Integró orquestas fundamentales y recorrió escenarios de Europa y Buenos Aires.
En aquella cortada Luján, en el corazón de San Telmo, nació Justo César Ginzo el 29 de septiembre de 1903. El tango todavía buscaba su destino y aquel muchacho que se ganaba la vida como dactilógrafo de una empresa metalúrgica no imaginaba que un bandoneón iba a cambiarle para siempre el paisaje.
«Compré el primero siendo dactilógrafo... era marca El Argentino y su precio $350. Lo agarré al revés, pero me gustó y lo llevé», recordó muchos años después. No sabía música. Pero tuvo la fortuna de encontrarse con Domingo Julio Vivas, quien le enseñó de oído un puñado de piezas y lo empujó, casi sin proponérselo, hacia los escenarios.
En 1923 debutó en el Café Domínguez. Después llegaron Geroni Flores, Juan Carlos Bazán, Juan Carlos Cobián y aquel primitivo sexteto de Carlos Di Sarli que, aunque no llegó a registrar discos con Ginzo, quedó ligado a una de las historias más lindas de aquellos años: la composición de «Milonguero viejo (Fresedo)».
La década del treinta lo encontró viajando por España, Italia, Francia, las Islas Canarias y ciudades africanas. En Barcelona dejó registros junto a Geroni Flores. De regreso, volvió a asociarse con Armando Baliotti y más tarde condujo sus propias orquestas en radios, hoteles y locales de Buenos Aires.
También compuso. «Corazón callate un poco», «El tábano», «Sin ternura», «Noche de San Juan» y «En un rincón de Hungría» son parte de ese legado, al que sumó páginas folclóricas como «Camino de San Javier».
Ya retirado y radicado en Mar del Plata, César Ginzo partió el 11 de marzo de 1983. Pero el bandoneón que alguna vez tomó al revés había encontrado su camino. Y él, el suyo.









