Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1940. Llegó al tango desde el folklore y, de la mano de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, se convirtió en una intérprete decisiva de una época que cambió para siempre la canción porteña.
Amelita Baltar llegó al tango, desde el Folclore, para inaugurar un estilo de interpretación que perdura hasta hoy. Nacida un 24 de septiembre de 1940, en Buenos Aires, comenzó cantando música criolla y transitó sus primeros escenarios lejos de imaginar que su nombre quedaría ligado para siempre a una de las grandes transformaciones de la música popular argentina.
En 1968, su primer disco como solista le valió el premio revelación en el Festival del Disco de Mar del Plata. Poco después, Astor Piazzolla la escuchó y la convocó para protagonizar “María de Buenos Aires”, la obra que compartió con Horacio Ferrer y que marcó un antes y un después en su carrera.
Desde entonces, aquella voz ronca, sensual y teatral se convirtió en parte esencial del universo piazzolliano. Estrenó más de treinta obras del binomio y puso su sello en páginas que todavía conservan intacta su capacidad de conmover: “Chiquilín de Bachín”, “La bicicleta blanca”, “Los pájaros perdidos” y, por encima de todas, “Balada para un loco”.
Llegaron luego París, Río de Janeiro, América Hispana, Europa y los escenarios más importantes del mundo. También el teatro, el cine y la televisión. Después de su separación artística y sentimental de Piazzolla, siguió construyendo su propio camino, incorporando tanto el tango tradicional como nuevas búsquedas.
Los reconocimientos fueron llegando: Diploma al Mérito Konex en 1995 y Konex de Platino en 2015. Pero quizá el premio mayor haya sido otro: permanecer. Hoy, al cumplir 86 años, Amelita Baltar sigue siendo aquella mujer que entendió que cantar no era solamente entonar una melodía, sino contar una historia con el cuerpo, la voz y el alma.
