Rosarino de nacimiento, dueño de una voz pequeña y expresiva, Rafael Velázquez supo ganarse un lugar en la historia del tango con el seudónimo de Juan Carlos Lamas. Su paso por la orquesta de Juan D’Arienzo fue breve, pero dejó una huella que el tiempo no consiguió borrar.
Septiembre de 1958. En la pantalla del cine Ópera, Narciso Ibáñez Menta protagonizaba «Procesado 1040». Entre los personajes de aquel mundo carcelario aparecía un hombre de aspecto recio. Desde una butaca vecina llegó el comentario que rescataba una historia: «¡Mirá, Lamas, el cantor de Juan D’Arienzo!». Bastaron esas palabras para devolvernos al Buenos Aires tanguero de los años cuarenta.
Había nacido en Rosario el 13 de octubre de 1921 y desde muchacho buscó su destino entre micrófonos y escenarios. Ya en Buenos Aires, bajo el nombre de Carlos Dumas, encontró en el ambiente de la calle Corrientes el camino hacia el encuentro con el maestro de los compases vertiginosos.
En 1942, después de una prueba en Radio El Mundo, se incorporó a la orquesta de D’Arienzo. Compartió cartel con Héctor Mauré y dejó su voz en registros que conservan el perfume de aquella época: «Pompas de jabón», «Vieja recova», «Embrujamiento» y «Aquel muchacho de la orquesta», entre otros. Su ciclo concluyó en diciembre de 1943, tras apenas quince meses de grabaciones.
Pero el horizonte de Lamas no terminaba en el tango. México, Cuba, Puerto Rico, España e Italia jalonaron una aventura artística que lo llevó al teatro y al cine. En «La dolce vita», de Federico Fellini, estrenada en la Argentina en 1960, su aparición fue fugaz, aunque suficiente para incorporarlo a una película inmortal. También apareció en otros títulos, entre ellos «Martín Fierro» y «El santo de la espada».
El 27 de julio de 2004 partió aquel cantor de fraseo porteño y delicada expresión. Hoy, al recordar su nacimiento, vuelve a escucharse la voz de un artista que supo andar por distintos caminos sin perder del todo el compás de su primera pasión.
