Con un fraseo inconfundible, cálido y delicado, el cantor nacido en Buenos Aires conquistó al público junto a la orquesta de Ángel D’Agostino. Su recuerdo conserva intacta la emoción de una época dorada del tango.
En la voz de Ángel Vargas, el tango encontraba una manera distinta de contar la vida. No necesitaba alardes ni una potencia desmedida: le bastaban la cadencia justa, una inflexión sutil y esa dulzura entre compadrita y confidencial que parecía llegar desde los patios de barrio, las esquinas y los cafés donde Buenos Aires aprendía a reconocerse.
José Ángel Lomio, su verdadero nombre, nació el 22 de octubre de 1904. Criado entre Parque Patricios y las calles cercanas de Barracas, descubrió temprano su vocación por el canto. Antes de conquistar los escenarios céntricos, pasó por cafetines, cines y pequeños locales, donde fue puliendo una personalidad artística que terminaría por distinguirlo.
Su historia quedó ligada para siempre a la del pianista Ángel D’Agostino. Juntos construyeron una sociedad musical extraordinaria, especialmente durante la década de 1940, con grabaciones que todavía iluminan el repertorio tanguero. «Tres esquinas», «Muchacho», «Ninguna» y «A pan y agua» son algunas de las piezas que permiten reconocer esa química: la orquesta envolvente, el cantor preciso y una emoción sempiterna.
Conocido como «El ruiseñor de las calles porteñas», Vargas también supo sostener su camino solista, acompañado por distintas formaciones y músicos de la talla de Eduardo Del Piano y Armando Lacava. Su interpretación conservó siempre esa intimidad capaz de convertir una historia sencilla en un sentimiento compartido.
El 7 de julio de 1959, cuando todavía estaba en actividad, partió a los 54 años, tras complicaciones derivadas de una operación pulmonar. Hoy perviven sus discos, su fraseo y una Buenos Aires que vuelve a escucharse cada vez que su voz acaricia un tango. En ese universo de glicinas, nostalgia y barrio, Ángel Vargas sigue cantando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario