Músico, compositor, actor y aventurero de los sonidos, construyó una obra singular entre la irreverencia del rock y la poesía del arrabal. De Los Abuelos de la Nada a sus tangos de voz inconfundible, hizo todo con un estilo que puede resultar discutible pero de ineluctable origialidad.
Buenos Aires le marcó el camino desde la infancia. Entre Balvanera y Parque Patricios, Daniel Melingo fue forjando una sensibilidad que encontró en la música un espacio donde expresarla. Estudió guitarra clásica y clarinete en los conservatorios, pero su destino estaba lejos de cualquier molde académico.
En 1980 se incorporó a Los Abuelos de la Nada, junto a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro y otros nombres fundamentales del rock argentino. Allí dejó su sello en canciones como «Chalamán». Dos años después, junto a Pipo Cipolatti, fundó Los Twist, una usina de humor y desparpajo que alumbró piezas como «Hulla hulla» y «Cleopatra (la reina del twist)».
También acompañó a Charly García, exploró nuevos horizontes en España y creó Lions in Love. Sin embargo, su aventura más personal tomaría forma cuando se internó en el tango. Desde «Tangos bajos» hasta «Santa milonga», desarmó solemnidades, rescató poetas del margen y les dio voz a personajes que caminaban entre la ternura, la noche y la derrota.
Su canto, áspero y vulnerable, parecía empecinarse en contar historias desde voces aguardentosas. No imitaba a los viejos tangueros: conversaba con ellos desde otro tiempo. En 2015 recibió el Premio Konex por su labor como cantante de tango y, en 2017, obtuvo un Gardel por «Andá».
El 30 de junio de 2026 partió al mundo espiritual, dejand en la música su estilo difícil de encasillar. En su universo, el rock podía bailar con el tango y la poesía interpelar al pasado desd el hoy. Su mensaje fue para los que se atreven a salirse del camino cómodo.

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