Con una voz de barítono, temperamento y una sensibilidad interpretativa singular, el artista uruguayo dejó una huella profunda a ambos lados del Río de la Plata. Su trayectoria fue breve, pero alcanzó para inscribir su nombre entre las grandes voces de una generación tanguera.
El 6 de noviembre de 1959, Montevideo recibió a Gustavo Nocetti, un cantor que desde muy joven mostró condiciones para transitar los caminos de la música ciudadana. A los 15 años ganó un concurso televisivo cuyo premio fue actuar en «Café Concert», por Canal 5 SODRE. Aquella distinción abrió una puerta que pronto lo conduciría hacia Buenos Aires.
Con apenas 19 años cruzó el río y llegó a Caño 14, invitado por Atilio Stampone. Allí compartió noches y escenarios con Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero y Rubén Juárez. También pasó por «Grandes valores del tango» y, en 1983, ingresó como cantor estable de la Orquesta de Tango de la Ciudad de Buenos Aires, dirigida por Raúl Garello y Carlos García.
Admirador de Gardel, Goyeneche y Juárez, Nocetti entendía que el tango era, ante todo, poesía. «El tango es poesía; y poesía de la buena», afirmaba. Esa convicción acompañó sus grabaciones, desde «Naranjo en flor» y «Somos los ilusos» hasta «Excesos» y «Nocetti interpreta a Ferrer», junto a Horacio Ferrer y Alberto Magnone.
Su voz recorrió distintos escenarios del mundo y ocupó un lugar destacado en los festivales «Viva el Tango» de Montevideo. El 30 de diciembre de 2002, un accidente de tránsito lo apartó tempranamente de los escenarios, cuando contaba apenas 43 años.
Gustavo Nocetti partió demasiado pronto. Quedaron sus discos, sus interpretaciones y aquella manera tan personal de cantar. En ambas orillas, el tango todavía extraña su presencia y disfruta su voz.

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