Nació en Parque de los Patricios y pasó por las orquestas de Pedro Laurenz, Alfredo Gobbi, Francisco Rotundo y José Basso. Su estilo, emparentado con el de Agustín Magaldi, dejó interpretaciones que plasmaron su fuerza expresiva.
El tango atravesaba tiempos difíciles cuando Alfredo del Río comenzaba a ganarse un lugar entre sus voces. Sin embargo, su calidad interpretativa y una notable formación profesional le permitieron compartir escenarios y grabaciones con figuras fundamentales de la música ciudadana.
Su nombre verdadero era Alfredo Jesús Pérez. Había nacido el 5 de noviembre de 1932, en Parque de los Patricios, y desde chico recibió la influencia de su padre, Eduardo Alfredo Pérez, guitarrero y cantor, quien alentó sus primeros pasos. A los doce años debutó en el café «El Arco Iris», de la calle Boedo.
En 1952 inmortalizó su primera grabación, convocado por Pedro Laurenz. Dos años después se incorporó a la orquesta de Alfredo Gobbi, etapa decisiva de su trayectoria. Allí registró «Triste destino», una interpretación que alcanzó enorme repercusión y permitió apreciar ese particular fraseo que remitía a Agustín Magaldi, aunque con una impronta más arrabalera.
También quedaron para el recuerdo «Por una muñeca», «A mis manos», «Dicha pasada» y «Disfrazados». Pasó luego por las formaciones de Francisco Rotundo y José Basso, además de compartir una breve experiencia con el bandoneonista Eduardo Rovira.
La crisis del tango fue reduciendo sus oportunidades laborales. El 21 de septiembre de 1978, cuando contaba 45 años, Alfredo del Río partió inesperadamente. Dos jornadas antes había ofrecido su última actuación en Villa Madero. La despedida tuvo una milonga: «La duda», de Pedro Pombo.
Su discografía fue breve, pero aquellas grabaciones siguen dando testimonio de un cantor que mostraba sobradas condiciones.

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